Vigo está pidiendo paso

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

A TORRE VIXÍA

21 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

DESPUÉS de dos décadas de relativo estancamiento, tocada por la crisis de la industria pesquera y por la reconversión del obsoleto modelo industrial heredado del franquismo, la ciudad de Vigo -300.000 habitantes- está otra vez pidiendo paso, creciendo como ninguna, produciendo como ninguna, clamando a gritos por una gestión eficiente de los poderes públicos que, si no consiguen ponerse de acuerdo a la hora de convertirla en el centro de la región Galicia-Norte de Portugal, tampoco deberían actuar como frenos y lastres al servicio del localismo nostálgico o de los estrategas de salón. Tendremos que reconocer, eso sí, que los vigueses nunca supieron crear una clase financiera a la altura de su potencia industrial, ni una clase política moderna y activa que, con una visión integral de los intereses de Galicia, lograse poner orden y concierto en el activo panorama empresarial y social de la ciudad. Y hasta me atrevo a sugerir que, lejos de comportarse como los gobernantes de la ciudad más globalizada, amplia y difusa de Galicia, algunos alcaldes y concejales de Vigo -salvemos de momento a Pérez Mariño- constituyen vivos ejemplos del aldeanismo más ciego y funesto que carcome nuestra sociedad. Pero, puestos a sacar lecciones de la historia, también tendremos que aceptar que esa lamentable política local constituye la prueba del nueve de las condiciones estratégicas de una ciudad que, dotada de una posición central en nuestra área económica, y poseedora de una envidiable cultura productiva, constituye el núcleo urbano más dinámico del cuadrante peninsular del Noroeste. Si me permiten utilizar la cursilería descriptiva de los economistas modernos, quiero recordarles que, con una isocrona de transportes terrestres inferior a las dos horas, la tan periférica ciudad de Vigo?reúne en su entorno a más de siete millones de habitantes, marcando un hito estratégico que no alcanzan ni Valencia ni Lisboa, y que sólo superan netamente Madrid y Barcelona. Y por eso no debe extrañarles que la pujanza actual de la ciudad olívica nos sorprenda otra vez, y como siempre, al margen de las ciegas políticas que tan injustamente la tratan. Si tuviésemos que resumir en dos palabras el Vigo de mañana, bien podríamos decir que el futuro de Galicia nunca será mejor que el de Vigo. Y por eso es urgente modernizar sus infraestructuras y su imagen, su gestión política y su sistema financiero, su estructura urbana y su dinámica demográfica. Nos interesa, creo, a todos los gallegos. Salvo a los líderes localistas, a las políticas clientelares y a los que anteponen sus objetivos electorales a la modernización del país. Y ahí está, me temo, la madre del cordero.