UN INFORME sobre a poboación adolescente española descobre que case a metade das rapazas, un 46%, vense gordas e intentan por diversos medios perder peso. Eso será para moitas o comezo do camiño que leva á anorexia. Hoxe sábese que a raíz desa doenza está na mente, na distorsión entre os datos da realidade e a visión de si mesma que ten unha persoa. É algo que debe ser tratado pola psiquiatría e que non se pode resolver só coa boa intención das víctimas e das familias. Tamén sabemos que moitas mulleres famosas pola súa beleza ou elegancia eran anoréxicas, como a emperatriz Sissi ou a duquesa de Windsor, que dicía que nunca un é demasiado rico nin demasiado delgado. Nesa distorsión mental xúntanse dous elementos que se potencian mutuamente. O primeiro é a incapacidade para acomodar a imaxe de sí mesmo ós datos da experiencia. A persoa anoréxica, cando se lle pide que escolla entre varias siluetas a que cree que se corresponde coa súa, escolle sempre a dun corpo groso: así é como se ven . O outro elemento é a súa concepción da beleza, que se identifica coa extrema delgadeza. Acabo de ler un testemuño arrepiante dunha rapaza de dezaseis anos que está en vías de curación. Sabe que é unha doenza, pero confesa que olla para as fotos da súa etapa anoréxica e di: «A beleza dese corpo delgado conmóveme; para min eso era, i é, beleza». Esa admiración esaxerada pola delgadeza existiu sempre, pero parece claro que nestes últimos tempos o número de persoas que a padecen incrementouse de xeito alarmante, como consecuencia dun cambio nos criterios estéticos. Aínda que só algunha rapaza dese 46% que se ven gordas caerá na enfermidade, o resto seguirá a sentirse mal a gusto na súa pel por culpa dun ideal estético que arruína a saúde e converte ás mulleres en bonecas irreais. Dado que se trata dunha doenza en gran parte social, deberían incrementarse as campañas publicitarias que contrarrestasen a nefasta influencia do modelo de beleza da talla trinta e seis. A Aznar y compañía les ha dado por revivir viejos fantasmas y acusar de comunista a todo discrepante, en un intento de desviar la atención de asuntos en los que no han estado afortunados, que son unos cuantos, y de ocultar sus propias limitaciones y su falta de discurso, ya no político, que les sobra, sino social. Calificar de comunista a cualquiera que se oponga razonadamente a ellos no es de demócratas, como tampoco es, para un demócrata, demérito reconocerse comunista, pues las ideas no son en sí mismas perniciosas ni atentatorias contra la dignidad de nadie. Cosa bien distinta es el uso que se haga de ellas y de su abuso, por desgracia, hay ejemplos sobradamente ominosos. Si, como dice Aznar, ser comunista es discrepar de la gestión del hundimiento del Prestige , yo también soy comunista; si ser comunista es discrepar de que ahora ya se impartan en los colegios más horas de Religión que de Ciencias Sociales, yo también soy comunista; si ser comunista es criticar los chanchullos político-inmobiliarios de Madrid, yo también soy comunista; si ser comunista es criticar que el precio medio de la vivienda haya subido en España un 91% en los últimos seis años, yo también soy comunista; si ser comunista es criticar que se pretenda que el tren de alta velocidad pare en todos los pueblos, yo también soy comunista; si ser comunista es criticar el nombramiento de Rajoy como sucesor de Aznar (¿son estos los demócratas?) sin consultar a las bases del partido, yo también soy comunista. En fin, podría seguir dando decenas de argumentos sobre lo que pensamos quienes no nos conformamos con decir amén a todo. Y me temo que, en terminología aznarista, en España hay muchos comunistas. ¡Ah! Y nunca he votado a un partido de izquierdas. Julia R. Sánchez. Santiago. Como profesora de Inglés de Secundaria quisiera aclarar algunos puntos que sobre este tema se mencionan en otras cartas publicadas en esta sección. En primer lugar, manifestar el mismo sentimiento de indignación e impotencia que expresan los autores de dos de ellas. En segundo lugar, referirme a la publicada el 18-9-2003 por Susana Aldao Linares para felicitarla por el éxito cosechado y sugerirle que no se dé por aludida, ya que ella es una de las 5 personas que superaron la oposición sin estar trabajando ya en una Escuela Oficial de Idiomas (EOI) ni estar disfrutando de una comisión de servicios por parte de la administración; porque, casualmente, de las 20 personas que superaron el proceso, 12 ya se encontraban trabajando en alguna EOI en situación provisional y 3 están en comisión de servicios. Hay que recordar que el tribunal lo formaban 4 profesores de EOI y lo presidía un inspector de EOI, también en comisión de servicios en la inspección de A Coruña (la web de la Xunta es fantástica). Coincido en las críticas que, en las tres cartas, se hacen a la forma en la que se desarrolló el proceso: no se conocieron criterios de evaluación, no se publicaron las notas de los no seleccionados... Creo que habría sido mucho más transparente y menos arbitrario publicar diariamente las notas de las personas examinadas, sumarles al final de dicho proceso las puntuaciones por méritos y aprobar a los 20 primeros. Eso, al menos, es lo que se hace en otras comunidades autónomas. B.M. Narón.