A BALTASAR GARZÓN se le pueden criticar muchas cosas. Pero los periodistas le tenemos que agradecer una: la cantidad de titulares que nos regala. Lo que menos podíamos sospechar es que hoy pudiéramos ver esta noticia en el periódico: que ordena el procesamiento de Bin Laden. Pues ahí la tenemos. Imbuido de su toga de juez universal, mientras los partidos discuten sobre el Pacto de la Justicia, Garzón ha puesto el reto lo más alto que podía: en el enemigo público número uno de Occidente. Hoy, el nombre de Bin Laden es sinónimo de invisible. Sólo se le pudo ver el pasado día 10, en un vídeo que llegó misteriosamente a la cadena Al Yazira. Al día siguiente, un periódico español decía que, a los dos años del atentado contra las Torres Gemelas, Bush no había conseguido dar con él «ni vivo ni muerto». Y ya está en el chascarrillo popular, como los mitos. Si me perdonan la falta de originalidad, recordaré que se llama Bin Laden a los billetes de quinientos euros, porque se sabe que existen, pero nadie los ha visto. Y contra ese misterio se lanza un caballero andante llamado Baltasar Garzón. La película se podría llamar Garzón, contra el imperio del mal . Algunos le acusarán de visionario. Otros, de megalómano. Y no faltará quien diga que se ha pasado de estrella. A esas críticas fáciles no les faltará razón: si Estados Unidos, con todo su potencial de espías, no ha podido dar razón ni siquiera de si el terrorista sigue con vida, ¿qué pintamos nosotros con una orden de procesamiento? Las mismas acusaciones se le hicieron cuando procesó a Pinochet, y por poco le vemos aterrizando en Barajas y prestando declaración en la Audiencia Nacional. No. Garzón hace bien. Garzón ha decidido entrar en la trama de Al Qaida, y procesa a los que tiene detenidos más su cabeza visible. Y su auto está lleno de lógica: si la organización terrorista se ha desarrollado en España; si los citados en el auto colaboraron activamente en gravísimos atentados, nuestro inquieto juez no hace otra cosa que aplicar lo que más le gusta, y además lo cita: la «aplicación del principio de justicia penal universal», del que nuestro magistrado es un claro representante, por no decir su abanderado. Lo que ocurre es que nunca veremos a Bin Laden en España. No habrá que preparar un ala especial en la prisión de Soto del Real, como se había preparado un hospital para Pinochet. No veremos sus barbas en un banquillo español porque, si algún día fuera detenido, el señor Bush -si sigue de presidente- querría mostrarlo al mundo. Sería su botín de guerra. De la misma forma que su libertad, como la de Sadam Huseín, es su gran fracaso, su cabeza sería su triunfo necesario.