ES SORPRENDENTE que el fracaso de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que acaba de celebrarse en Cancún (México), haya sido percibido como un éxito por tantos países y representaciones. Es algo que probablemente no le garantiza un rutilante futuro a esta singular organización, que se rige por consenso entre sus 148 miembros y de la cual se esperan los mayores avances en un orden económico mundial que trate de conciliar y armonizar los intereses de todos. Los que han salido más contentos han sido los países del llamado Grupo de los 22 , encabezado por Brasil, India, China y Sudáfrica. Sin embargo, el motivo de su satisfacción se reduce a que se han mantenido unidos hasta el final, sin cuartearse ni ceder ante las posiciones de EE.UU. y de la UE (los ricos). Esto es lo que han logrado. ¿Es muy importante? Así lo creen, y así lo ha manifestado el ministro de Asuntos Exteriores de Brasil, Celso Amorim, convencido de que «se trata de un proceso de negociación que nunca se detiene y del que salimos fortalecidos». Con un compromiso: trabajarán constructivamente para reconducir el proceso en Ginebra y en otros foros. La UE se ha expresado por boca del presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi: «El fracaso es una seria decepción para todos y un golpe severo para la OMC». Léase literalmente: «para la OMC». Porque la Unión Europea, con los sacrificios asumidos en la reciente reforma de la Política Agraria Común (PAC), creía haber demostrado su voluntad de acuerdo. En este sentido, los agricultores europeos se han manifestado decepcionados pero también muy satisfechos: no entienden el fracaso, pero tampoco quieren hacer más concesiones. Mejor nada que un mal acuerdo. ¿Y Estados Unidos? A los estadounidenses no les gustan los frentes organizados en su contra (le recuerdan lo que ocurrió en la UNESCO) y todo hace pensar que, sin abandonar la OMC, se centrarán en la negociación de acuerdos bilaterales, que ya están probando con éxito. ¿De verdad hay motivos para alegrarse por el fracaso de Cancún?