AVE DE PASO
12 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.CONFIESO QUE hasta el momento me he escaqueado de la obligación social de leer a Harry Potter. Sea por desconfianza hacia ese producto que, al parecer, vende magia a capazos, sea porque desde siempre tengo la mala costumbre de llevar la contraria o sea porque al paso de los años me quedan menos emociones y sentimientos para derrochar -para mí abrir un libro, leído o por leer, es abrirme a un nueva enseñanza es decir a una nueva emoción-, lo cierto es que he caminado indiferente ante las pilas de libros que protagoniza el personaje aludido y más indiferente ante las colas de los cines en los que se proyecta su película. No siento envidia de los millones que gana su autora que al parecer ya es más rica que la Reina de Inglaterra cuyos millones tampoco envidio, lo que no significa que, como le ocurre a todo el mundo, no tenga que convivir con esas partículas de envidia que me corresponden y que lejos de corroerme me empujan a mejorarme. Pero mis envidias van por otros derroteros y forman parte de esas emociones que como he dicho trato de administrar lo mejor que puedo. El caso es que a la autora, J.K. Rowling le han dado el Premio Príncipe de Asturias por haber conseguido, dicen, que ese tal Harry haya conseguido «trascender el ámbito literario para convertirse en vínculo de unión entre continentes y generaciones». Es decir, lo de la Aldea Global, funciona. Basta con un buen equipo de márketing que se deje las pestañas en su particular laboratorio y un equipo de vendedores enrolados al truco como soldados dispuestos a defender un ideal para que el sentir de un niño de Indonesia sea igual al de otro de Kansas City o de Cangas de Onís. He ahí la magia moderna que deja de serlo en cuanto se descubre el truco. Magia efímera, de temporada puesto que pierde el don de la inmortalidad, del eterno enigma. Decía Camus en sus Crónicas que se avecinaban tiempos en que la novela, es decir el pensamiento, ya no sería necesario porque la sociedad no demandaría novelistas. Así es: los libros son, cada vez más, para turistas de la lectura alentados por una publicidad interesada. El mercado es voraz y tiene prisa por venderlo todo en un tiempo mínimo mientras que la creación es lenta, exige tiempo. Entiendo, pues, que el premio es para el equipo de márketing y a continuación saco del estante a H. Cristian Andersen, no vaya a sentirse solo.