EL GALLEGO de más presente y mayor futuro de cuantos trabajamos fuera de Galicia ha peregrinado ayer a Santiago. Lo hace casi todos los fines de semana, pero ayer fue algo especial. Hizo el rito del peregrino; le dio el abrazo al patrón; hizo profesión de fe de galleguidad: escuchó el botafumeiro en el sentido político, y disfrutó de un gozo especial: habló con el patrón durante una hora. Es decir, que volverá a su despacho de la calle Génova rebosante de indulgencias. Los periodistas, osados y frívolos, le preguntaron al peregrino si había hablado de la sucesión de don Manuel con don Manuel, porque algo hay que preguntar, supongo. Y el peregrino no defraudó las esperanzas informativas: no dijo ni palabra. Eso va para largo. Los periodistas querían saber también si está dispuesto a colaborar en la heroica tarea de buscar sucesor, y el peregrino dijo que lo que haga falta, como siempre. Estoy seguro de que, si pudiéramos leer el pensamiento de don Manuel sería parecido a éste: «Yo me conformo con menos; me conformo con que no lo imponga». Pero esas cosas, claro, no se pueden decir. Incluso es poco elegante pensarlas. El peregrino estuvo más a gusto erigiéndose en valedor de Galicia en Madrid. Impulsará el Plan Galicia. Promoverá el Xacobeo. Ayudará al desarrollo de la comunidad. En eso consiste el poder: en que los vecinos se sientan protegidos por quien lo ostenta. Seguro que ayer tarde en Pontevedra y en Muxía ya escuchó aquello de «Mariano, colócanos a todos». Pero eso los periodistas lo damos por supuesto. « Va de soi », que le habrá dicho Chirac a Aznar en Quintos de Mora. Lo que nos atrae es el misterio, los designios ocultos, la magia. Todo muy compostelano, por cierto. Por eso Fraga estuvo obligado a quitarles importancia a los «movimientos subterráneos» por la sucesión durante dos días seguidos. Y por eso no hay plumífero ni columnista que no sospeche que Rajoy fue a Santiago a algo más que cumplimentar al patrón y anunciar su apoyo a la tierra: iba a organizar el «después de Fraga». Fuera de Galicia se pensará: pero, hombre, después de la lección de Aznar, una sucesión política no es ningún problema. Se arregla, como máximo, en una hora: cinco minutos para decidir, 30 para comunicar a los interesados y 25 para que el partido diga disciplinada y clamorosamente que sí. Y eso se puede hacer dentro de año y medio largo. ¿Para qué precipitarse? ¡Ah, claro! Pero en el PP estatal no tienen a Cuiña de aspirante. Ni a Cacharro de trajinante. Ni a Palmou de postulante. Ni a un Feijóo expectante. Ni a una Pastor de variante. Ni a un Rajoy vigilante. Ni Fraga está ya dispuesto a coger el portante.