YASER ARAFAT se ha empeñado en darnos la razón a todos los que aseguramos en su día que tardaría poco en ahogar la esperanza de paz que significaba el nombramiento de Abu Mazen como primer ministro palestino. Y acertamos. Abu Mazen ni siquiera ha resistido cinco meses. Lo sustituye Ahmed Qureia (conocido como Abu Alá), presidente del Parlamento palestino, un negociador estimable, fiel a Arafat. Aparte de esto, nadie sabe en qué podrá mejorar la espléndida labor de Abu Mazen, que renunció el pasado sábado después de denunciar en el Parlamento la actitud de boicot de Arafat, que se negó a traspasarle el control de los servicios de seguridad, entre otros poderes. ¿A qué jugaba Arafat con esta actitud? A lo mismo que el primer ministro israelí, Ariel Sharon: a liquidar las esperanzas de paz, que tanto temen, y sustituirlas por unos augurios de guerra con los que ambos están muy familiarizados. Sin embargo, la dimisión de Abu Mazen ha dejado tras de sí el mejor análisis sobre la situación actual del conflicto. En su intervención en el Congreso, 48 horas antes de dimitir, el todavía primer ministro no sólo acusó a Arafat, principal responsable de su marcha. También denunció la actitud contraria a la paz de los halcones judíos, los mismos que agrandan cada día ese muro de hormigón que se extiende por Cisjordania, e inculpó a EE. UU., patrocinador de la Hoja de Ruta, por apoyar a Israel hasta convertirse en su cómplice. La mayor parte de los observadores han coincidido en que el análisis es impecable. Con tantos sólidos apoyos enfrente, la ruta hacia la paz se encenaga. Los nuevos nombres son los viejos. Otra vez Yaser Arafat y Ariel Sharon frente a frente. Ambos son la garantía de que el conflicto se agravará. Quizá por ello, los palestinos más sensatos reclamaban estos días unas elecciones libres y democráticas y un Gobierno de unidad nacional transitorio hasta los comicios. Y es que, a pesar de las dificultades, son muchas las personas de ambos bandos que creen que hay que salir de esta dinámica diabólica que todo lo empeora. El relevo de Sharon y Arafat sería algo esperanzador. Pero las esperanzas arraigan con dificultad en Oriente Próximo.