CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
26 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.QUEN no viu Lisboa, non viu cosa boa. La luz pobre, de cobre, de la noche de Lisboa, como para una cena con velas, en los tejados brillan los ojos de los gatos, como pasear con cerillas. La aorta de la Avenida da Liberdade que te lleva al corazón del Rossío, desde donde se bombea vida para todas las calles. La dentadura de piedra de las murallas de San Jorge. El Pessoa de las fotos en A Brasileira, «Dios quiere, el hombre sueña y la obra nace», escribió por ejemplo. Aquí, va un benfiquista, pegatina de un coche. El bacalhau hasta en bocadillos o la sobredosis de azúcar de los pasteis de Belem. El brazo de mecano modelo San Francisco que Eiffel le puso al río, el ascensor que hace que la Baixa se te suba a la cabeza del barrio Alto. Los gusanos de colores que son los tranvías, la bella Alfama y sus cuestas, queréis la Alfama pero aquí es donde váis a empezar a a pagarla. El aguardiente triste del fado. Cascais y la ruleta que luce Estoril. La menta verde de los bosques de Sintra, ese pueblo austríaco coronado por la cereza del Palacio da Pena. Cuando te vas, entiendes por qué el estuario del Tajo es tan ancho: es el río que se quiere quedar un rato a ver lo bonita que es la ciudad, antes de desangrarse en el mar. cesar.casal@lavoz.es