LA PRIMERA VEZ que lo vi parecía una nube de algodón sobre un fondo de azabache. Pasaron unos segundos hasta que identifiqué de qué se trataba. Era un cisne blanco dormido sobre la oscura arena que deja la bajamar en la playa de Combarro. Jamás hubiera imaginado que un cisne pudiera vivir en un entorno de agua salada; mucho menos, en un lugar tan poblado. Ante la falta de respuestas, proseguí mi paseo. El lugar merece atención: pequeñas casas encaramadas en las rocas, hórreos ubicados a pie de playa, cruceiros en cada pequeña plaza. Al finalizar la caminata, me senté en una terraza a la orilla del mar. Absorta en el crepúsculo, me costó darme cuenta de la silueta surgida de la nada que se acercaba: el elegante cisne flotando sobre el mar en calma. Blanco sobre negro, lo asocié mentalmente a la situación de parte de nuestro patrimonio histórico. Cierto es que se está realizando un gran esfuerzo para la recuperación de muchos edificios. Combarro no es un caso único. Sin embargo, no podemos decir lo mismo de nuestro patrimonio documental. Legajos y libros antiguos languidecen en instituciones laicas y religiosas sin ningún tratamiento de protección. El pergamino carcomido no puede reconstruirse. Viendo los resultados obtenidos en Combarro, sólo me queda reclamar el mismo esfuerzo para la conservación de los archivos históricos de toda Galicia. Sería triste que el cisne acabara ahogándose.