Mentiras de guerra

| ENRIQUE CURIEL |

OPINIÓN

LENTAMENTE, pero de forma inexorable, las mentiras y manipulaciones de la información que se facilitó a los parlamentos y a las opiniones públicas acerca de los peligros que encerraba el régimen de Sadam para justificar la invasión y ocupación de Irak, se van contrastando y documentando para vergüenza y peligro político de George W. Bush, Tony Blair y del escurridizo José María Aznar. Porque es preciso recordar que nadie ponía en cuestión el carácter autocrático y sanguinario de tal régimen, y mucho menos las administraciones estadounidenses que apoyaron a Sadam en la guerra de los años ochenta contra el integrismo de la revolución iraní, le fortalecieron hasta los dientes con armas de destrucción masiva y le prestaron todo su apoyo político. Pero tal evidencia no puede justificar una invasión militar para «cambiar el régimen político», porque tal eventualidad está expresamente prohibida en la Carta de las Naciones Unidas. Y cuando se miente a los parlamentos y así queda acreditado, los autores y responsables políticos tienen que dimitir de forma inmediata. Así ocurre en Londres, en Washington -recuerden el caso Watergate- y en las democracias consistentes y rigurosas. Pero parece que España es una democracia de bolsillo y de tono menor. Veamos. El miércoles, en una conversación reproducida ante el juez Hutton del científico británico David Kelly con tres periodistas de la BBC, queda comprobado que Kelly afirmó que el Gobierno de Blair, o su oficina de prensa, exageró la capacidad bélica de Sadam. Kelly se refirió con precisión a la afirmación del Gobierno británico según la cual Sadam podría «lanzar un ataque con armas de destrucción masiva en 45 minutos» desde el momento de adoptar la decisión de Bagdad. Tal afirmación la realiza Kelly en el curso de una conversación telefónica con la periodista de la BBC Susan Watts, que la grabó sin su consentimiento. El comportamiento condenable de la periodista no evita el fondo del problema. La cuestión tiene la máxima importancia porque los tres de las Azores necesitaban utilizar una información de tal naturaleza que les permitiera argumentar sobre la teoría de la guerra preventiva con el fin de anular un peligro cierto. Toda la teoría de las intervenciones preventivas se vendría abajo si no existiese una amenaza real, cierta e inminente. Así pues, si no existía tal amenaza, fue inventada. A medida que avance la investigación -¿se la imaginan en España con Aznar acudiendo a declarar ante un juez?-, el precipicio político para Blair será más profundo y su dimisión, inevitable. Aznar, en sede parlamentaria y durante las mismas fechas, no dudaba en acusar y zaherir a Zapatero afirmando que era «el único líder europeo que negaba la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Sadam». Pero no eran suficientes estos engaños y salió a relucir el problema nuclear que aterroriza, y con razón, a todas las opiniones públicas. Así, George W. Bush, en el discurso sobre el estado de la Unión, afirmó que disponía de documentos que probaban la compra de uranio en Níger por Sadam y que también las autoridades de Bagdad trataron de comprar tubos de aluminio extrarreforzado que se emplean exclusivamente en las centrifugadoras de gas para enriquecer el uranio con el que se fabrican armas nucleares. Todo falso. Ahora, la CIA pide disculpas porque «nunca debió aparecer tal afirmación en el discurso del presidente» -el asunto de Níger-, mientras que Mohamed El Baradei, jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica, desmintió en la ONU y en su momento la información sobre los tubos. La vergüenza es tan intensa que Inocencio Arias ha preferido hablar y salvar su dignidad aunque no salve su puesto en la ONU.