COMO TODO el mundo sabe, el ombligo es algo parecido a una válvula de escape que comunica simbólicamente el mundo exterior con el laberinto intestinal. Sin embargo, en sentido urbanístico, el ombligo puede interpretarse como el lugar central donde confluyen los flujos y el bullicio de una ciudad, pongamos que se llama Madrid, en cuyo centro, la Puerta del Sol, que tiene forma de ombligo, el Ministerio de Fomento ha decidido abrir un enorme agujero, un gigantesco ombligo, para construir una nueva y gran estación de ferrocarril que comunicará el kilómetro cero -todo un símbolo- con el intestino ferroviario subterráneo. Este ombligo urbano, de entrada, es una nueva agresión para el muy castigado pellejo de la ciudad, que tiene las tripas alteradas por una diarrea permanente de toda clase de movimientos subterráneos. El enorme agujero que se abrirá en la Puerta del Sol resultará, sin duda, beneficioso para la ciudad, pero después de cuatro interminables años de obras, atascos, polvo, barro y graves perjuicios para los vecinos de la zona. Alguien dijo que el día en que se termine de hacer Madrid, posiblemente sea una ciudad agradable para vivir, pero mientras llega esa imposible quimera, es y seguirá siendo una ciudad maltratada, incluso con saña, por las zanjas, agujeros, socavones, de las que no se libra ni una sola de las calles. Probablemente, uno de los mejores negocios sea el de las empresas de abrir agujeros y zanjas. Y ahora, como remate o colofón, se anuncia el padre de todos los agujeros y la madre de todos los desmadres: el ombligo de la Puerta del Sol. Tan aparatoso y carísimo proyecto merece un nombre propio para que nadie le ponga un mote despectivo, como le pasó al gran túnel ferroviario que une el norte y el sur de la capital y que los cachondos antepasados bautizaron, injustamente, como el «túnel de la risa». Esta obra que llamamos apropiadamente ombligo, por el lugar donde se realiza, tiene un padre reconocido, que no es otro que el ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, quien, casi al final de su gestión y posiblemente de su larga carrera política, se empeña en iniciar unas obras que inaugurará otro... Hace poco tiempo, el ministro Cascos inauguraba el primer tramo, unos 7 kilómetros, de lo que será el futuro trazado de alta velocidad en Galicia. Fue un acto testimonial, no exento de solemnidad, en el que el ministro pronunció una de esas frases lapidarias que ayudan a fabricar titulares de prensa y que decía, más o menos, lo siguiente: «Hoy se hace realidad el AVE en Galicia». Sólo eran 7 kilómetros de realidad, pero menos es nada y el ministro se apuntaba el tanto que le pertenece de esa importante obra. Otros vendrán que harán lo mismo cada tramo nuevo y así hasta que se ponga el último raíl. Entonces pondrán un nombre en una placa, y de ese personaje será la gloria y el mérito. Para remediar esa injusticia y otorgar el mérito a quien lo ha engendrado, el ombligo de la Puerta del Sol debe tener un apellido legítimo, que la posteridad reconozca, sin ambages y con todas sus consecuencias, como el ombligo de Cascos. Esto hay que registrarlo en la memoria de las gentes, las que ahora protestan por los fastidios y las que se beneficiarán de los resultados, antes de que se apropie de los méritos algún ambicioso político que, al cortar la cinta inaugural, se adjudique la paternidad sin otro mérito que el de haber actuado como comadrona. Hay mucho oportunista en esta Corte de las zanjas.