SI MISERABLE me parece la actitud de dos diputados madrileños capaces de sumir en el colapso institucional a la Comunidad de Madrid mediando o sin mediar precio, no menos miserable me lo parece la de los concejales de Marbella que han propiciado el relevo del alcalde vía moción de censura, y la extraña evolución de la socialista que fue azote de Jesús Gil y su GIL y que ahora ha pactado la moción de censura con lo más florido de Jesús Gil y su GIL. Tan miserable me parece que al secretario general de los populares madrileños le tenga que pagar la Seguridad Social una empresa de reprografía y que, para colmo, se le olvide este pequeño detalle de su vida laboral en una comisión parlamentaria de investigación, como que el portavoz socialista en esa comisión concluya que ello demuestra la existencia de una trama político-urbanística de la que forma parte el PP y que llevó a los socialistas Tamayo y Sáez a provocar la situación que aboca a unas nuevas elecciones autonómicas en Madrid. Tan miserable me parece utilizar la mayoría sobrevenida en la comisión de investigación de lo ocurrido en la Asamblea de Madrid para impedir la comparecencia de determinadas personas como que socialistas e Izquierda Unida pidan que declare cualquiera que pase por allí y que sea o pueda ser afiliado, militante, simpatizante o mediopensionista del Partido Popular. Tan miserable me parece eludir la responsabilidad del error de haber incluido en la lista electoral a individuos de la calaña de Tamayo y Sáez como que el presidente del Gobierno de España apunte ante la prensa a la salida de una audiencia con el Jefe del Estado que la oposición intentaría sacar ventaja política de las hipotéticas muertes de soldados españoles desplazados a Irak. Miserable, en fin, me parece que, pasados los meses y sin pasar los efectos del naufragio del Prestige , alguno de los responsables políticos del mismo rete a medios de información a que le indiquen dónde debió conducir el buque siniestrado. A la vista de ello, convendría que alguien se pusiera a la ardua tarea de emprender la regeneración democrática que veinticinco años después de la aprobación de nuestra Constitución, España pide a gritos para impedir hechos de los que los aquí narrados son sólo una pequeña muestra. Aunque no sé ni cómo ni quiénes pueden llevarla a cabo, porque los que la prometieron -tanto de un lado como del contrario- parecen incapaces de hacerlo. Pero o se emprende ya o estamos abocados a una política de navajeo y de taberna; a una política miserable.