«Me dijiste tantas cosas...»

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

13 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

SI YO fuese Marisol Yagüe, y tuviese que presentarle una moción de censura a Julián Muñoz, dejaría a un lado la enjundia de los discursos y me arrancaría en el pleno con esta canción de la Pantoja: «Me dijiste tantas cosas / que a tu embrujo me rendí./ Todas ellas engañosas / pero yo me las creí». Después haría lo mismo que hicieron los catorce sublevados: votaría a la nueva alcaldesa, pondría a Muñoz fuera del despacho, y, al tiempo de afrontar la demolición del Gil, trataría de restaurar la decencia de Marbella. Aunque todo el mundo diga lo contrario, y por más que haya triunfado ese discurso oficial que demoniza todas las mociones que no controla, nadie duda de que la censura votada ayer era la única salida decente y posible para un escándalo de doce años de duración que ni los partidos ni los jueces supieron atajar. Y por eso estoy seguro de que, a pesar de los esfuerzos que hace Jesús Gil por aparecer como el histriónico inspirador de esta tragedia, nadie podrá evitar la demolición de un entramado de corrupción e influencias que, a pesar de la mierda acumulada a los ojos de España entera, logró embaucar por tres veces a los buenos marbellíes. Claro que, para que esta moción tuviese efecto, hubo que calentar la olla al punto de reventarla. Por eso resulta inevitable que todas las personas que ahora se juegan su reputación para poner coto a los desmanes del gilmuñocismo, estén contaminadas por las mismas políticas que propiciaron antes de que la vávula de presión diese el pitido de salida. Pero la política no la hacen los ángeles, sino las personas, y por eso carece de sentido que, en vez de respirar aliviados por el fin de un espectáculo que las televisiones alimentaron hasta el paroxismo y la coprofagia, nos pongamos a mirar con lupa y con asquitos de señorito a las dos mujeres -Marisol Yagüe e Isabel García- que rompieron el nudo gordiano trenzado por Gil. Conviene saber, además, que las mociones de censura sirven para esto: para que las mayorías circunstaciales no sean impunes, para que se pueda romper la inmoral fidelidad y la asquerosa disciplina que hacen intocables a los corruptos y a los inútiles, para que la política tenga esa tensión permanente que la diferencia de las burocracias, y para que no sea posible tocarle las narices a la gente sin que haya dos mujeres que rompan la baraja. Así lo vieron los constituyentes y toda la historia parlamentaria, cuando nos dejaron este instrumento excepcional y maravilloso que ahora se quiere erradicar. Y así lo vemos todos los ciudadanos que tantas veces nos hemos preguntado por la imposible realidad de este fenómeno Gil-Muñoz que entró ayer en la vereda de la historia.