NO FALTA nadie. El reparto está completo. Jesús Gil, Tomás Reñones, Julián Muñoz, Isabel Pantoja e Isabel García Marcos. Son los protagonistas de una de las crónicas más vergonzantes de la vida municipal democrática española. Si creíamos que la gresca en la Asamblea de Madrid era uno de los espectáculos más lamentables a los que podíamos asistir, resulta que lo de Marbella supera todo lo imaginable. Que Marbella es un «sitio distinto» lo sabíamos todos. Nada de lo que está bajo la influencia de Gil y Gil adquiere visos de normalidad. Todo cuanto toca lo degrada. Pero, además, en la ciudad de la Costa del Sol, ha tenido la oportunidad de topar con otros personajes de su misma ralea. Y con una sociedad que ha cerrado los ojos ante una forma de gobierno plagada de sospechas, certezas, e irregularidades. Las 66.000 viviendas ilegales que pueblan la ciudad no se levantan de la noche a la mañana. Las actuaciones violentas de la policía municipal no son producto de un día. Las carencias democráticas que han presidido la gestión no pueden resultar una sorpresa para nadie. Como tampoco pueden serlo el lenguaje y las formas de las que han hecho gala los gobernantes. Con este panorama, ¿cabe sorprenderse de lo que acaba de ocurrir? Hay cosas que se saben de antemano. Lo de Marbella era tan previsible como lo es el «zapatazo» que se va a dar Zapatero al frente de su partido. Como lo es que la comisión de investigación de la Asamblea de Madrid no sirve para nada. Por eso no hay que sorprenderse. En un episodio protagonizado por mentecatos, zotes y codiciosos no cabía esperar otro desenlace. Es la lucha de una jauría de pícaros y groseros por el poder. Es la reyerta de unos perversos por lograr sus objetivos. Una pelea propiciada, reiteradamente, por los propios marbellíes. Por eso sorprenderse ahora es de una hipocresía inadmisible.