Una comedia sin gracia

| RAMÓN BALTAR |

OPINIÓN

29 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA FUNCIÓN que dan en la Asamblea de Madrid demuestra el nulo respeto que los actores tienen al público y a su oficio. Así no hay manera de que la política llegue a figurar en el catálogo de actividades nobles. La compañía socialista ha metido la pata hasta el corvejón al presentar en su elenco a unos farsantes capaces de defraudar al electorado para cobrar el incumplimiento de sucios acuerdos entre tramoyistas. El protagonista y la actriz secundaria, al negarse a hacer el papel contratado, convierten la representación en asunto personal y paralizan las instituciones para cuyo gobierno fueron elegidos. Una auténtica sinvergüencería, por más que la adoben de escrúpulos morales. Y en vez de largarse para casa, los responsables intentaron cargarle al PP el mochuelo de su torpe incompetencia y hasta llevaron al juzgado una presunta trama de corrupción. Pero no puede colar lo uno, porque Génova no tiene parte en las listas de Ferraz, ni todos los jueces se avienen a tragar patatas envenenadas. Como guinda del despropósito, el Zapatero propone en el debate del estado de la nación medidas de regeneración que no sabe aplicar en casa. ¡Capulladas! Los populares, más atentos a destrozar al adversario que a salvar la limpieza del juego democrático, tampoco están dando la talla. Su reluctancia a que la Fiscalía investigue las denuncias y el paripé de la comisión parlamentaria no hacen sino aumentar las sospechas de que algo ocultan. El dejar pudrir la cosa para volver a las urnas tiene un precio muy alto. La regla está clara: los ciudadanos votan partidos para que sus representantes elijan Gobierno. Si los escaños del PSOE e IU no alcanzan para formar una mayoría, hay otras soluciones. Sería calamitoso precedente que un par de réfugas bastaran para disolver un Parlamento.