Postelectoralia

| PROCOPIO |

OPINIÓN

24 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ERA YA casi noche cerrada. En la buhardilla que tenía alquilada en el número 15 de la calle Kaprova Corvus se había pasado todo el día escudriñando unos extraños libros que había descubierto en una antigua casa que los Mascarenhas tenían en Allariz. Se sentía cansado. Separó levemente la silla de la mesa de trabajo, apagó la luz, estiró las piernas y dejó que los párpados fuesen cayendo lentamente como un bálsamo sobre sus ojos. Era aquel momento que el cuervo, si algún otro asunto no se lo impedía, dedicaba a conversar consigo mismo. En esos experimentos andaba cuando se vio ante aquel extraño desasosiego que desde hacía algún tiempo le acometía y cuyas causas era incapaz de descubrir. Lo que me ocurre, se dijo, probablemente se deba a que durante toda mi vida ha leído demasiados libros. Una invención necesaria Ante el cariz que iba tomando su cavilación, Corvus decidió interrumpirla. Abrió los ojos, encendió la luz y sobre la mesa reconoció un libro que le acababan de enviar. El título - Y cómo eran las ligas de madame Bovary - le intrigó y le hizo sonreír. Lo abrió al azar y se encontró con una confesión del Voltaire ya maduro: «Yo, como Don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme». Durante un largo rato estuvo dándole vueltas en la cabeza a lo que acababa de leer. Se dio cuenta de que por primera vez empezaba a entender a Don Quijote. Lo vio como el más claro paradigma del hombre ya anciano que, cansado de leer libros, necesita inventarse una pasión para poder seguir viviendo. Y el cuervo empezó entonces a entender la causa de su desasosiego. Se sentía acabado, pero ahora vislumbraba una solución. Voltaire tenía razón: había que inventarse una pasión. Tenía que buscar rocín, dama, adarga, yelmo y escudero y salir a campo abierto a deshacer entuertos y alancear supuestos malandrines. En un principio el Cuervo pensó en volar hasta Kerbala. Pero pronto abandonó la idea. Por propia experiencia sabía que nunca había podido permanecer más de dos semanas en cualquier lugar en el que no pudiera oírse el rumor que se inventa el bosque cuando recibe al viento o el bramido con que ruge el mar cuando desata su cólera contra las rocas. Además, Corvus no le perdonaba al desierto haber inventado el monoteísmo. Sin querer reconocerlo, añoraba aquel tiempo en el que la familia de Zeus era tan numerosa como abigarrada y en la que los dioses vivían, comían, discutían, luchaban y follaban sin parar unos con los otros. Si de algo estaba pesaroso Corvus era de no haber nacido a tiempo para poder vivir personalmente los fantásticos culebrones que se producían en aquella especie de Hotel Glamour que fue el Olimpo. El mensaje En tales indecisiones andaba metido el cuervo cuando el teléfono móvil le avisó de que tenía un mensaje. Alguien que no daba su nombre le invitaba a participar en un debate que se celebraría en un lugar del que sólo se decía que estaba próximo a Finisterrae. El mensaje también informaba que el debate se denominaba Postelectoralia , que la lengua oficial sería el latín y que nadie podría reconocer a los participantes, pues además de haber jurado no decir a nadie su nombre, tenían que acudir a la reunión con un traje y una máscara que impidiesen totalmente su identificación. El cuervo dio un gran brinco, se posó en la parte más alta del atril y empezó a graznar enloquecido: Freude, Freude, Freude ... Se daba cuenta de que aquello era justamente lo que necesitaba para recuperar las ganas de vivir. En los anaqueles más altos de la biblioteca encontró De onte a hoxe , aquel fantástico libro en el que Xesús Ferro Ruibal y Antón Miramontes enseñan a aprender a la vez el galego y el latín y a los tres días volvía a leer de corrido y sin problemas De bello gallico y De amícitia . En una tienda que Zara acababa de abrir en la plaza de San Wenceslao encargó un disfraz de gaviota al que rogó añadiesen unas manchas de chapapote y, cuando todo estuvo dispuesto, emprendió el vuelo. La discusión Cuando llegó al punto de destino, Postelectoralia estaba concluyendo. Alguien había preguntado por qué la gente gritaba en las manifestaciones una cosa y después en la urnas votaba otra bien distinta. Los politólogos no llegaban a un acuerdo. Una mujer joven que llevaba calado hasta las cejas un gorro frigio gritó desde el público: para contestar esa pregunta basta una palabra. Y esa palabra es simplemente traición. La mayoría aplaudió con entusiasmo pero se oyeron algunos silbidos. Para los expertos, la discordancia entre manifestantes y votantes se explicaba por la manipulación mediática del tema del chapapote y por la rapidez con que había llegado el dinero al bolsillo de los damnificados. Lo que algunos llamaban la compraventa. Al cuervo le parecía extraño que alguien ignorase todavía que el bolsillo es un instrumento como otro cualquiera para percibir la realidad. Un anarco de Pontevedra comentó en voz baja: aquí ha ocurrido lo de siempre; la derecha miente, la izquierda delira. Aún no se había terminado la discusión cuando se oyó una voz: Peto veniam . Todas las miradas se dirigieron hacia la gran piedra que corona el dolmen de Dombate a carón del cual se celebraba la reunión. Allí estaba, desafiante, Corvus Corax Xacobeus. Sin dejar que la gente se recuperase de la sorpresa dijo con gesto enigmático: « Le romantisme est mort avec le drapeau rouge; la cohérence est morte avec le drapeau noir ». Nadie entendió lo que aquella frase quería decir salvo un hombre joven que iba vestido de arquitecto catalán, quien comentó: «Este tío es un neofascista. Todos los pájaros, y muy particularmente los cuervos, en el fondo son siempre unos fascistas. Es su modo de compensar la frustración que les produce no haber podido llegar a ser águilas imperiales. En Mondoñedo hubo incluso un cuervo que cantaba el Cara al sol todas las mañanas». Corvus sabía que esa historia era un embuste inventado para perjudicar a Álvaro Cunqueiro. El único cuervo verdaderamente fascista del que tenía noticia era el que habitaba en el balcón de la casa en la que Eugenio Montes había vivido en Roma. Pero ese cuervo no sabía una palabra de español y lo que cantaba -por cierto que con mucha propiedad y entonación- era la Giovinezza . Sabía también que llamar al otro fascista era el consejo que allá por los años treinta Münzeberg daba a los intelectuales orgánicos para cuando se encontrasen dialécticamente apurados. Pero no quería perderse en disgresiones anecdóticas y se fue directamente a donde quería. Lo que sucede, señores y señoras, dijo con solemnidad, es que la instrumentación de la negación -No, Nunca, Jamás- mantiene intacto su poder convocante y movilizador pero parece haber perdido toda su capacidad creativa. La estética y la escenografía siguen funcionando pero sus valores y significados se mueven ya más en el ámbito del espectáculo que en el de la transgresión creadora. Sentarse en las escaleras de las Platerías nada tiene que ver ya con las sentadas de Berkeley o del Odeón. En el nuevo estilo del mundo lo importante ya no son los símbolos sino las sensaciones. Lo real sólo se asume y se convalida dentro de la realidad del espectáculo. Todo es reality show . Ahora se puede ser a la vez -Vicente Verdú dixit- destructor y reconstructor, criminal y humanitario, hombre y mujer, católico y budista. El nuevo modelo es el del collage . Los principios se contradicen entre sí, las sensaciones no; simplemente se suceden. Por eso puede gritarse una cosa en la manifestación y votar otra en las urnas. La provocación Se oyeron unos murmullos de desaprobación pero el cuervo continuó su provocación diciendo: las manifestaciones son a la política lo que David Beckham es al Real Madrid. Sirven para ocupar los telediarios y para vender banderas y camisetas. Para promocionar la marca y encandilar al personal. Pero para ganar la Liga hace falta gente que meta goles y pare los penaltis. Hay algo que no acabo de entender: ¿por qué nadie ha intentado que en el gran match del chapapote jugasen en el mismo equipo los que han demostrado ser capaces de montar el espectáculo más bello, solidario e ilusionante de la historia moderna del país y los que tenían el balón, los borceguíes e, incluso, la capacidad de comprar al árbitro? Uno que iba disfrazado de presidente del Compostela interrumpió al cuervo con gesto mal humorado y le dijo: Todo esto es pataca minuta. ¿Se puede saber qué ha venido usted a hacer aquí? El cuervo se acordó de Don Quijote. Iba a responderle que a desfacer entuertos cuando sintió que una suave marea le invadía la cabeza y el corazón. Con voz entrecortada por la emoción respondió: He venido a visitar y a jurar amor eterno a Dulcinea. Todos pensaron que el cuervo desvariaba y se fueron yendo hacia los puestos en los que la organización empezaba a servir un pulpo de media cura que había traído directamente desde Melide. Sólo un hombre ya mayor, alto, delgado y elegante como un junco, que llevaba la cabeza cubierta con un sombrero negro de ala ancha y una pajarita al cuello, se quedó mirando fijamente al cuervo a través de sus gruesas gafas de miope. Sólo él pudo ver como el cuervo se quitaba el disfraz de gaviota y lo convertía en una bandera blanca cruzada por una banda azul. Cuando se despertó, el cuervo se dio cuenta de que había pasado la noche entre unos matorrales de la playa de Lourido. Estaba amaneciendo. Unas gaviotas saludaban la salida del sol inventando en el aire perfectas geometrías. Era el Día de la Patria Galega. Corvus recordó que tal día como ese tenía siempre una cita con el Patrón. En el humedal de la playa escribió con el pico un mensaje: «Muxía, mon amour ». Y voló rumbo a Compostela.