AHORA NOS ha tocado más de cerca, con el desplazamiento a Irak de las fuerzas de la Brilat acuarteladas en Figueirido (Pontevedra). Y las quejas y las protestas se hacen más patentes, aunque no han tenido la repercusión de las manifestaciones contra la guerra. Si el sentimiento mayoritario no coincide con la decisión gubernamental, no es peor momento éste para la queja. Si ayer había guerra, hoy hay guerrillas, y en cualquiera de los dos casos corre riesgo la vida de los desplazados. Excepto algún cínico que ha hecho la observación, no se ha dicho que la vida de un militar no transcurre solamente en misiones humanitarias -¡ojalá pudiera ser así!-, sino que en ocasiones, como ésta, la intervención es más estrictamente en la línea que se ha desarrollado la historia de los mílites. Es decir, las fuerzas armadas nacieron y una parte de su función consiste en intervenir en conflictos, participar en guerras. Y en las confrontaciones bélicas hay tiros y, en consecuencia, riesgo. No debería sorprender que un ejército, menos si es profesional, tuviera que tomar parte en una acción como la de Irak. Otra cosa es si esa participación tiene políticamente algún sentido... y eso es lo que no nos demuestran. Pero al margen de esto, inquieta pensar lo que ha ocurrido en la Oficina del Defensor del Soldado: desde que se habla de la posible intervención en Irak, ha habido innumerables consultas para saber cómo se pueden dejar las Fuerzas Armadas. ¿Pero acaso los profesionales pensaban que su vida militar se iba a limitar a las misiones humanitarias? Si lo que piensan esos soldados con vocación de tránsfugas, tiene reflejo en amplias capas de la sociedad, ¡la que se puede armar si se llega a producir la primera víctima española en Irak! Y me temo que no sólo por el error político de haber dado luz verde a la expedición. Según todos los indicios, los soldados tampoco quieren ser soldados, aunque quiero suponer que al menos sí para los desfiles.