Los etarras a la cárcel

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

15 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA DETENCIÓN de dos etarras en la localidad navarra de Berriozar, apenas unas horas después de que la mafia a la que pertenecen tratara de volar por los aires y en plenos sanfermines un hotel del Casco Viejo de Pamplona, constituye una excelente noticia para todos los demócratas, pone a los criminales en su sitio y confirma las ventajas insuperables de aplicar la vía policial para detener a los que disparan contra la libertad. Un grupo de policías vestidos de sanfermines -pantalón y camisa blancas, pañuelico y faja rojas-, ha cogido literalmente en calzoncillos a estos dos etarras en una localidad como Berriozar, lugar espeso en el que fue asesinado el teniente Casanova. Falta por aclarar aún el historial criminal de estos dos individuos, pero seguro que tienen algo que decir del asesinato de dos policías nacionales en Sangüesa, de la bomba del hotel de Pamplona y, quién sabe, del asesinato de Joseba Pagazaurtundua, cometido el ocho de febrero de este año por individuos que podrían haber ido de Navarra a Andoain. Cada vez pasa menos tiempo desde que los criminales hacen su fechoría hasta que son detenidos, cada vez transcurren menos horas entre el atentado y el encarcelamiento, cada vez es más la gente que se alegra por la puesta en manos de la justicia de los criminales y cada vez son menos los que protestan contra las detenciones de etarras: lo obvio se acaba imponiendo. Hasta Javier Balza, consejero de Interior del Gobierno del PNV, decía el domingo pasado, en el periódico de su partido, que contra eta (con minúsculas, por favor), sólo queda ya la vía policial. Cuántos años para llegar a esta conclusión, cuántos muertos para constatar esta evidencia, cuánto debate estéril para llegar al sentido común. Pues sí, se ha tardado mucho tiempo en llegar a la conclusión de que para acabar con el terrorismo hay que detener a los terroristas -¡qué esfuerzo en el análisis!-, que para que no haya gente que mata por la calle, la gente que mata tiene que estar en la cárcel. Algunos llevamos unos cuantos años defendiendo esa vía y por ello hemos sufrido todo tipo de ataques. Desde los que dicen que no queremos que el terrorismo se acabe, hasta el memo de guardia, dispuesto a sostener la melonada del empate infinito entre los que asesinan y quienes son asesinados. Los dos detenidos en Berriozar, Joseba Segurola e Ibai Aguinaga, se habían fogueado, nunca mejor dicho, en sus malas artes actuales con pasados episodios de violencia callejera, lo que nos permite constatar otra obviedad, y van dos: los criminales no salen de Júpiter, vienen del entrenamiento en el odio, de la gimnasia en la violencia desde muy pequeños; estos dos sujetos son los que Arzallus define de forma paternalista como «chicos de la gasolina», que ya vemos en qué desembocan. Los dos criminales estaban dispuestos a seguir asesinando, posiblemente siguiendo el manual de atentados para esta temporada puesto en circulación por el boletín de ETA en su último número. Sus futuras victimas habrán respirado tranquilas y, tercera obviedad, habrán comprobado en sus propias carnes las ventajas de la eficacia policial. No sé si después de las palabras de Balza saldrá ahora algún portavoz del PNV de guardia para decir «no es esto, no es esto». Cualquiera sabe, porque otros nacionalistas vascos comparan últimamente a la Justicia con la mafia, palabra ésta que no les he oído emplear, en el caso de Joseba Azkárraga, todavía consejero de Justicia, para referirse a ETA. Después de muchos años de incomprensión, después de mucho dolor, después de mucha sangre, lo lógico se acaba imponiendo: lo mejor para acabar con los que matan es detenerlos.