EL HOMBRE es un ser esencialmente proyectivo, siempre vive el presente en calve de futuro, oteando lo que vendrá, con la esperanza de mejorar o con miedo a la decadencia. Es fuente de paradojas, combinación de disfrute y desasosiego. Nunca fuimos tan felices como cuando vivíamos peor, en los sesenta y primeros setenta. Estábamos en dictadura política, los estudiados eran minoría, carecíamos de coches, segundas residencias, electrodomésticos sofisticados y fondos de inversión. Pero por todas partes se respiraba ilusión. Las familias extensas eran el centro del universo emocional, y el descubrimiento del desarrollo una expectativa de progreso permanente. Los que se metían en política encarnaban en sus rostros las huellas del idealismo por la libertad. La solidaridad era buena moneda y el compromiso un valor cotizado. El futuro se presentía con esperanza, como descubrimiento de los nuevos mundos que nunca habían sido posibles. Los cínicos no carecían de perspectiva utópica y nadie parecía instalado en el relativismo integral. Después llegó el desencanto político y las derrotas en el mundo familiar y personal. Nada fue como se esperaba. Solo, y con altibajos, continuó el crecimiento material. Ahora estamos cómodamente instalados en la desilusión, en la apática defensa de mínimos para la estabilidad emocional. Las familias se han encogido y se tornan quebradizas al paso del tiempo. El futuro mayoritario comienza a ser predecible por coordenadas de enfermedad, envejecimiento y muerte sin linaje. Las relaciones humanas vuelven al escenario hobbesiano de lobos contra lobos. Las palabras dadas se deshacen cual papel mojado y el transfuguismo político refleja el transfuguismo cotidiano en la base social. Todavía no somos conscientes de que nuestro sistema de convivencia y modelo de valores conduce al abismo. Necesitamos un nuevo regeneracionismo con urgencia. Lo real no es lo racional ni lo existente lo más conveniente. Tienen que cambiar las élites dirigentes y tiene que haber una reorientación general en el tejido ciudadano. Es necesario hacer de las personas individuales el eje del pensamiento y la acción humana. Que recuperen la centralidad, la responsabilidad, la voluntad y la resistencia a las estupideces de los gurús estructurales y de todos los guías que los usan como carne de cañón. Hay que recuperar el sentido de la negación y de la afirmación alternativa, la capacidad de apagar el televisor ante mentiras y programas basura, de trabajar en lo que haga falta al margen de la titulación adquirida, de ir contra corriente, de privilegiar la conversación y la lectura, de arriesgarse por las creencias, de formular proyectos de largo plazo y construirse las propias modas. Hay que educar a los pocos niños y jóvenes que nos quedan para la resistencia y la afirmación de su potencial. Rechacemos las ayudas sociales y la protección subvencionada, todos podemos salir adelante por méritos propios. Desterremos la picaresca y volvamos a la inocencia creadora, al trabajo digno y al combate contra los tramposos. El futuro no ha sido lo que esperábamos, pero aún contábamos con los robustos genes de la lucha por la supervivencia. Y con las grandes lecciones de la Historia, de la experiencia de los pueblos y personas que han sabido evitar la decadencia.