Para qué sirve un diputado de Madrid

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

29 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

SI BLANCO o Arenas dicen A y un diputado de Madrid dice B, es opinión mayoritaria que el diputado es un traidor y un sinvergüenza, mientras los dos jerarcas citados, que no se presentaron a las elecciones, representan al pueblo de Madrid. Y si Blanco o Arenas rectifican, y hacen el discurso al revés, el diputado que mantenga su criterio se convierte en un transfuga, porque la esencia de la democracia reside en el burócrata. Ya sé que las listas son cerradas, y que ningún elector se fija en las alineaciones que vota. Pero me temo que Blanco y Arenas también fueron elegidos en un congreso mejorable, en una lista cerrada, y votados por unos cientos de militantes. Y por eso entiendo que, si vamos a seguir por estos derroteros, y a considerar palabra de Dios cualquier instrucción de las ejecutivas, es mejor cerrar los parlamentos, votar directamente a los partidos, y ejercer el poder del Estado mediante consejos de administración con acciones ponderadas. Aunque esta reforma tiene su intríngulis, y podría asustar al mismo Fidel Castro, parece que ya contamos con la simpatía del presidente del Tribunal Constitucional, que está convencido de que los diputados son una especie de monas que que se balancean en los escaños de los partidos. Y por eso no será difícil convencer al pueblo de que la prohibición de mandato imperativo no es más que un resabio de los felipistas y los ucedeos, y que una modernización del sistema contaría con el visto bueno de Colin Powell. Todo el mundo sabe que, en contra de la avidez de los diputados, los dirigentes de los partidos son unos angelitos ajenos a cualquier cambalache, y por eso es evidente que tanto las mafias del ladrillo como los que recaudan comisiones de obras públicas lo hacen a título individual, a cambio de nada, y sin que los paganos obtengan los resultados que buscan con sus sobornos. También sabemos que los partidos sólo gastan las cuotas de sus afiliados y las subvenciones del Estado, que tienen una sola contabilidad, y que no albergan más que inocentes burocracias que se queman las pestañas al servicio de la patria. Por eso hay que concluir que los diputados son el cáncer de la democracia, y que no habrá paz hasta que los eliminemos o los atemos en corto al servicio de la ética y la libertad. Políticos, fiscales, jueces y catedráticos parecen coincidir en que no tendremos una democracia limpia hasta que los diputados queden inhabilitados para votar y hablar por el móvil, y hasta que se reconozca que la voluntad de cualquier pueblo de España reside en los aquelarres de Génova y Ferraz. Y es que, puestos a lograr que las instituciones funcionen, no hay lubricante mejor que la lógica.