LO PRIMERO que llama la atención al llegar a Praga es el territorio. Ya desde el aire se advierte el sorprendente cuidado del paisaje, las masas arbóreas y las áreas de cultivo y, una vez en tierra, se hace evidente la cultura centroeuropea de preservación del medio, de conservación de las especies autóctonas, de intervención medida y racional. Construcción y territorio forman un binomio donde ambos términos se comportan de forma inteligente. Venimos del finis terrae en busca del finis Europae que llegaba hasta Chequia y hoy se amplía políticamente más allá. En los dos confines, dos cementerios, el antiguo de los judíos, un monumento lítico turbador, abigarrado, que habría que recorrer sin turistas -vano empeño-, y el de los ingleses, los marinos del Serpent , también emocionante en su simplicidad y su aislamiento junto al mar de la Costa da Morte. Praga es, sobre todo, su río, el Vltava de la patria de Smetana, que guarda el curso de la historia en su movimiento lento y majestuoso, con episodios de violencia torrencial. Las islas se reflejan y parecen flotar en sus aguas parduscas. De un lado, Malá Strana, la pequeña ciudad, al pie del castillo. Exige esfuerzo subir por la empinada calle del poeta Jan Neruda, de quien tomó prestado su nombre Neftalí Reyes, para alcanzar la imponente catedral y el complejo de dependencias reales, austeras y bellísimas, adornadas con nervaduras colgadas, interrumpidas, anticipación de la mejor arquitectura desconstruida. Del otro lado, la Ciudad Vieja con el proyecto burgués que se impone y cubre el burgo medieval católico, anteponiendo los edificios civiles al poder eclesiástico, como si alguien hubiera jugado con las bambalinas de un teatrillo infantil. Sirviendo de plataforma a toda esta imponente edificación, el adoquinado, como contrapunto del agua, le da homogeneidad, es piel por la que la ciudad respira y suda bajo el sol tenaz en verano o es soporte de la nieve en invierno. Praga tiene un marcado hedonismo, su olor, su sabor, sus colores, sus ojos y, sobre todo, sus oídos con una especie de patrimonio sonoro de campanas, de óperas y conciertos clásicos, de ritmos de jazz. Qué emoción sentir la presencia del Golem en el barrio judío, descubrir a la vuelta de una esquina la figura del commendatore de Mozart, recuperar el castillo de Kafka o, por no mirar sólo hacia atrás, seguir los pasos de Vaclav Havel o rastrear las notas del blues o el be bop por los respiraderos de los sótanos. Y, cómo no, casualidades de la vida, pasear por la calle de Santiago y entrar en la iglesia dedicada a nuestro Apóstol. Contemplando el flujo denso del Moldava, se puede sentir el espacio cultural común tejido entre dos confines del mundo en una Europa abierta que, después de casi medio siglo entre la barbarie nazi y la bota soviética, respira el aire de la libertad.