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28 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.A QUIEN ha deseado mucho algo y no lo consigue, se le queda esa mirada que tiene ahora Simancas: una mezcla de dureza y añoranza en los ojos. Lo he visto otras veces, también en niños que han soñado demasiado con algunos regalos, niños que dieron con los juguetes escondidos en el fondo de un ropero, niños que incluso simularon ilusión la noche de Reyes. Pero el juguete se les rompió y le echaron la culpa a los hermanitos y empezaron a reclamar para sí los juguetes ajenos, que ellos ni siquiera habían pedido. Como el mío se ha roto, vienen a decir, hay que compartir lo de los otros. O peor, no consiguen soportar que los demás disfruten con sus mecanos y escalextrics intactos y exigen que los rompan para que todos queden a pre. He visto a muchos padres volverse iracundos ante semejantes pretensiones de sus hijos. Pero la cosa dura poco: unas horas, un día a lo sumo. No es como lo de Simancas. Parece que la pataleta le durará meses a los madrileños. Como un mal almuerzo que repite, insiste el hombre en su decencia y termina por construir una metáfora de sí mismo. Donde no hace falta, donde nadie se lo pide, donde el sentido común elemental aconseja silencio, va Simancas y declara una playstation rota.