Habrá movida

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

25 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LAS PRÓXIMAS elecciones al Parlamento de Galicia tendrán lugar, si no media algún acontecimiento excepcional, en el año 2005. Si nos atenemos a los antecedentes políticos y electorales inmediatos, no parece descabellado afirmar que la próxima consulta electoral autonómica será la de más incierto resultado desde la llegada de Fraga al poder en 1989, existiendo la posibilidad real de una alternativa de gobierno en Galicia. Sin embargo, realizar pronósticos electorales a dos años vista resulta un ejercicio tan pretencioso como inútil. Sobre todo si, como ocurre en esta ocasión, desconocemos datos decisivos que pueden condicionar el resultado, tales como qué personas van a encabezar las diferentes ofertas electorales y en qué condiciones llegarán los distintos partidos políticos a la cita con las urnas. En efecto, con la excepción del Partido Socialista, que ha logrado una estabilidad desconocida en los últimos años y dispone ya de un candidato rodado y conocido, las otras dos grandes fuerzas políticas -PP, BNG- tienen todavía pendiente la difícil papeleta de elegir sus respectivos liderazgos y están abocados a complejos procesos de transición interna. El Partido Popular se encuentra ante el final de toda una época. Además de la evidente pérdida de apoyo social, la estrella de Fraga ha empezado a declinar y su irreversible declive político no le permite liderar, como pretendía, ni la salida a la crisis que atraviesa su partido ni su propia sucesión. El enorme vacío que deja el desvanecimiento de la figura política de Fraga está siendo ocupado, a ojos vistas, por la dirección estatal del PP. Y todo indica que están dispuestos a poner todos los medios para que el PPdeG vuelva a estar bajo su estricto control. Por su parte, el BNG se encuentra ante la ineludible necesidad de adoptar dos importantes y difíciles decisiones. La primera consiste en la elección del candidato a la presidencia de la Xunta. En estas circunstacias, el Bloque ratifica a Beiras o bien, consensuadamente, lo sustituye por otra personalidad de similar prestigio y credibilidad. De lo contrario, la organización nacionalista asumirá, desde el primer momento, la condición de complemento subalterno del PSOE en la construcción de la alternativa a la actual mayoría conservadora. En segundo lugar, el Bloque está abocado a una profunda revisión de su estructura orgánica. De otro modo toda su dinámica interna girará, cada vez más, alrededor de intereses personales y corporativos en pugna por la influencia y control de la organización, en detrimento de la participación democrática y la convivencia internas. Si se considera el peso de las inercias, del imaginario colectivo, de la tradición y su compleja organización, concluiremos que los problemas a los que ha de enfrentarse el BNG no son tarea sencilla. Pero su solución no puede postergarse indefinidamente. En cualquier caso, tengan la seguridad de que en los próximos meses habrá movida.