A LOS REYES no les da pánico venir a Galicia. A otros parece que sí. Será que no tienen buena conciencia. Los monarcas españoles se han decidido a recorrer lugares emblemáticos de nuestra geografía con una única pretensión. Mostrar su solidaridad con los afectados del Prestige , que somos todos, y celebrar hoy su santo con un almuerzo en Muxía. La zona cero del desastre. Es difícil que cunda el ejemplo. Casi ocho meses después de que un petrolero, de no se sabe muy bien dónde, viniera a ennegrecer nuestras vidas, gestos como el de los monarcas son de agradecer. Sobre todo porque quienes tienen la obligación de dar la cara, de explicar lo ocurrido y de inyectar una dosis de moral por esta desgracia colectiva, no lo han hecho. Lo que ocurre es que los Reyes no han venido en un buen momento. Su visita coincide con la llegada masiva de importantes manchas de chapapote a nuestras playas. La ministra de Medio Ambiente ha tratado de tranquilizarnos: el chapapote no es fresco, dijo. Como si la contaminación, como los buenos vinos, fuese cuestión de paladar. Y de añadas. Como si el chapapote hubiera que catalogarlo en joven, de crianza o gran reserva. A las puertas de una nueva campaña turística, los Reyes se están dejando ver por Galicia. Para suplir las ineptitudes y la ausencia de quienes fueron incapaces de hacer frente a la catástrofe, con la dignidad imprescindible para poder mirarlos a los ojos. La visita real, como ya ocurriera en el pasado mes de diciembre, sirve para levantar unos ánimos tremendamente deteriorados. Pero ello no excluye que sigamos esperando por quienes realmente tiene la obligación de venir a Galicia. Y de explicarnos por qué. Por qué los gallegos hemos vivido un invierno y una primavera traidores. Y por qué nos enfrentamos a un verano tan borroso.