LUGO y Ourense son como Marta y María. Siempre van juntas, y siempre se comportan con la simetría de las hermanas de sangre, hasta el punto de cerrar, como un soniquete imprescindible, todas las estadísticas de España: las rentas más bajas, las pensiones más cutres, los servicios más deteriorados, la sanidad peor dotada, el nivel de actividad más bajo, el índice de estudiantes menos europeo y un grado de bienestar que se sale del mapa. Gracias a eso sabemos que existen, y que forman parte del Finisterre, y por eso hay que darle gracias a Dios. Porque si fuesen un poco más ricas, y se situasen en el cuarto y quinto lugar empezando por la cola, tendrían que hacer como Teruel: reclamar a gritos su existencia y hacerle muchas novenas a San Anselmo de Canterbury. Pero ya se sabe que la alegría dura poco en la casa del pobre. Y por eso deberíamos estar preparados para cuando, en la Europa de los 25, los ourensanos y lugueses asciendan de últimos a penúltimos. Porque ese salto les puede llevar al anonimato, y a que los gallegos de la costa confundamos nuestras provincias del interior con dos áreas de servicio en las autovías, o con esa parada del AVE en la que nunca baja nadie. Ayer, sin ir más lejos, el Instituto Nacional de Estadística confirmaba que Lugo y Ourense tienen el declive demográfico más acusado de Europa, con un balance vegetativo de (-7,79) y (-7,50) respectivamente, y que sólo Pontevedra resiste el pesimismo engendrador con el que los gallegos hemos iniciado el tercer Milenio. Claro que aún están recientes los tiempos en los que muchos ourensanos creían que eso era progreso, basándose en la grave equivocación de confundir la riqueza con la herencia y dar por supuesto que «a menos hijos mejor reparto». Sólo ahora, cuando ya es tarde, nos estamos dando cuenta de que la demografía es el mejor indicador del estado general de las cosas, que Galicia se nos está quedando reducida a la franja que bordea la N-550 y a algunas islas envejecidas del interior, y que, al contrario de lo que sucede en Andalucia o el Levante, apenas somos atractivos para unos inmigrantes que nada esperan del minifundismo empresarial y agrario y del clientelismo político. La conselleira de Familia dijo ayer que «los datos del INE se prestan al optimismo», y que nuestras políticas de natalidad tienen medidas complementarias comparables a las de Cataluña, Navarra o el País Vasco. Pero yo no creo en los pajaritos de colores, y estoy seguro de que no saldremos de este bache hasta que alguien se pregunte si Cacharro y Baltar, por ejemplo, tienen algo que ver en esto. Porque si es por designio de Dios, como dice el Salmo, en vano trabaja la conselleira.