EN GALICIA, al futbolista pundonoroso de mucho músculo y poco cerebro le llamamos «correlorchos». A finales de los noventa, en las gradas más sagaces de Riazor había cundido la curiosa sospecha de que su supercrack brasileiro Flavio Conceiçao no era mucho más que un esforzado correlorchos . Sin embargo, en el año 2000, el Real Madrid detectó la valía sin par del centrocampista y abonó 4.000 millones de pesetas por sus servicios. Hoy, Conceiçao da lustre al banquillo de la entidad blanca. Beckham, el futbolista con más morbo mediático del planeta, le acaba de costar al Madrid 4.000 millones. Es decir: la misma cantidad pagada hace tres años por Flavio. Una comparación más: el Spice Boy sólo vale el doble de lo que le pidieron al Deportivo el año pasado por Toro Acuña (otro ejemplo de as devenido a la honorable categoría de los correlorchos). A pesar del brillo que lo rodea, el fichaje de Beckham es el mejor síntoma del fin de fiesta que vive el fútbol tras su orgía de derroche. La televisión corta el grifo (en contra de lo que parece, el fútbol no es un buen negocio televisivo, porque es caro y admite pocas inserciones publicitarias) y lo que aportan los aficionados es calderilla ante los mordiscos de fichajes y fichas. Llega el resacón. Hacienda, que lleva años incumpliendo sus obligaciones por el bien del circo, cerca al fin a los morosos. Clubes de fuste son incapaces de pagar a sus jugadores. La gran banca se tira de los pelos por haber dado crédito a presuntos finos gestores que resultaron ser tahúres temerarios que apostaban con capital ajeno. Se aguarda un verano distinto. El tradicional baile de los fichajes quedará eclipsado esta vez por el más sensato baile de los embargos .