Traidores y felones

| FRANCISCO RÍOS | hablar.bien@lavoz.es

OPINIÓN

16 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS ADJETIVOS que los políticos están aplicando a los dos diputados de la Asamblea de Madrid que han jugado una partida serrana a su grupo parlamentario revelan pobreza de lenguaje o que están bloqueados por la indignación. Y conviene que se enmienden, pues en variados ámbitos continúan los episodios de este tipo. También para algunos medios de comunicación los dos pérfidos parlamentarios son exclusivamente diputados traidores, cuando su conducta permite tacharlos asimismo de desleales e infieles. La doblez y la falsía hacen falsos a los atraidorados, judas de la cosa pública. Felonía, en contra de lo que pueda pensar algún edil hirsuto, no es un personaje de la mitología griega, ni felón es una figura carnavalesca entrada en carnes. Aquélla es la deslealtad, la traición, la acción fea que comete éste, que en sus orígenes franceses también era el cruel y malvado, características de las que no se ha desprovisto totalmente. Quienes se conducen como los parlamentarios de marras se enzaínan, se hacen falsos y poco seguros en el trato, miran a lo zaino y se comportan como esas caballerías que al descuidado que se estaciona cerca de ellas le sueltan una coz de largo recuerdo y terribles consecuencias. Si el caso llega a comentarse en las calles de Buenos Aires, sus taimados protagonistas serán tachados de fallutos. En los casos en que haya alfadía, cohecho o soborno, es decir, que los maganceses sean acometidos con dádiva por alevosos corrompedores, los infidos y desleales representantes del pueblo serán también corruptos. Dice Quevedo que «al traidor no se le ha de callar nombre, ni sobrenombre, ni apellido, ni patria, para que sea conocido peligro tan infame». Y a sus víctimas no les deben faltar palabras con las que desahogar su aflicción sin tener que mentar parientes de primer grado ni caer en otras formas de grosera injuria.