Los límites de la fe

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

ESCUCHÉ la noticia por televisión, pero, aunque traté de encontrar comentarios que me ayudasen a interpretarla, parece que nadie se da por aludido, o que a todo el mundo le parece normal lo que pasó. Dice la historia que un pastor evangelista, que ejerce su ministerio en un pueblo de Dinamarca, confesó ante sus feligreses que no cree en el Dios que predica, y que no ve en la Biblia más que palabras de hombres. También les dijo que, si ellos lo aceptaban, estaba dispuesto a seguir rigiendo su parroquia conforme a las orientaciones éticas que siempre enseñó, y que no tendría inconveniente en oficiar los ritos y funerales que llenan de esperanza y consuelo a los que creen en Jesucristo. La reacción del obispo competente, que quizá cree en Dios pero actúa con la lógica del mundo, consistió en ordenar el cese inmediato del incrédulo pastor, sin poder imaginar que los feligreses se iban a poner en pie de guerra y a solicitar la reposición del clérigo en su ministerio. Porque la gente no entiende que un sabio consejero y predicador ejemplar deje de serlo por el simple hecho de haber perdido ese don de la fe que Dios administra según su inexcrutable designio, y por eso se explica muy bien que los parroquianos daneses hayan llegado a la conclusión de que es preferible que el sermón sea bueno, aunque provenga de un cura sin fe, que aguantar las monsergas de un santo varón que crea incluso en los secretos de Fátima. Nada más lejos de mi intención que darle consejos a un obispo danés. Pero no me resisto a extrapolar a la política el caso del pastor incrédulo, para confesar que hay muchas cosas en las que yo haría lo mismo que hicieron los daneses. Así, por ejemplo, puesto en un trance de juicio, prefiero enfrentarme a un buen profesional de la judicatura que no crea en las leyes de Michavila, antes que vérmelas con un convencido de que la justicia es la salvación del mundo, que luego se salte el procedimiento a la torera y haga sus sentencias por el atajo. De la misma manera, puesto ante un caso como el que afecta a la Asamblea de Madrid, prefiero un político escéptico y descreído, que diga cosas razonables, antes que caer en manos de una pandilla de enamorados de la democracia que están dispuestos a cargarse la prohibición del mandato imperativo para evitar errores y corrupciones. Lo bueno, ya se sabe, es predicar a Cristo y creer en Él, o ser demócrata y tener claros los principios del sistema. Pero si el ideal no es posible, y hay que elegir entre la fe y la cabeza, siempre prefiero lo segundo. Porque la fe sin obras, ya lo dijo San Pablo, es cosa muerta, mientras que las obras sin fe -supongo yo- pueden dar algún resultado.