El próximo jueves, con La Voz, una nueva edición de la Guía de Másters de Galicia
«CUANDO el dedo señala la luna -dice el apotegma chino- los imbéciles miran al dedo». Y cuando los acontecimientos políticos avisan que hay mar de fondo -digo yo- los imbéciles se paran en los síntomas y echan tierra sobre los problemas. Por eso se produjo tanta humareda con los sucesos de la Asamblea de Madrid, y por eso se está interpretando como una crisis institucional y de valores lo que no es más que un desgraciado incidente que debería de estar descontado en cualquier sistema, y que sólo es irreversible para los que estaban seguros de sentarse en la poltrona y ya no lo están tanto. Lo único que ha pasado, que yo sepa, es que dos diputados electos en las listas del PSOE se han negado a votar a favor de una coalición que formalmente no existe, y a ratificar un reparto de poder que todavía no está firmado ni explicado. Y la única consecuencia que ese hecho ha tenido es que una diputada de la mayoría -que a falta de acuerdos explícitos sigue siendo el PP- ha salido elegida presidenta de la Asamblea de Madrid, en plena coherencia con lo que suele hacerse en todos los parlamentos del mundo. Claro que todo esto puede leerse al revés, y, cambiando los hechos por las hipótesis y las leyes por sus interpretaciones, decir que Tamayo y Sáez son unos corruptos -como insinúa Chaves-, o que la culpa es de Pepiño Blanco -como dijo Leguina-, que pagó favores de partido con escaños de Madrid. Pero ese enfoque sólo sirve al 100% para Rodríguez Zapatero, y apenas nos afecta a los ciudadanos que sabemos a cómo cotiza el kilo de fidelidad y de traición (porque las dos cosas se pagan), y cómo se hacen los enjuagues de los pactos. No es bueno confundir los juegos de la política madrileña con la democracia, el sistema, la ley electoral y la ética, porque aquí no ha pasado nada que no quepa en el juego legal y no sea explicable en función de la aberrante partitocracia y del vergonzoso juego de traducciones electorales que hacen los partidos, en defensa de sus intereses, a conveniencia de sus burócratas, y con la única finalidad de mantener la sartén por el mango y el mango también. No conozco a Tamayo ni a Sáez, y no quiero escribir una sola tilde en defensa de una acción que huele a chamusco por todas partes. Pero no tengo ninguna duda de que ambos son una creación del PSOE de Madrid, y de una forma de hacer política que quiere llegar a la Moncloa sin mojarse. Por eso, aunque comprendo la tribulación de Simancas y la risa contenida de los populares, pido que unos y otros arreglen el problema con las reglas de la política, y que se guarden las lecciones de ética para mejor ocasión. Porque todos son como lobos, dentro de una misma camada.