Decía Cervantes que la poesía era hecha de una alquimia de tal virtud que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos. Pues hete aquí que el presidente de la Xunta se nos ha hecho su discípulo y no por pane lucrando sino porque la vocación, aunque tardía, le lleva. Tan tardía como las promesas de empezar los estudios para comenzar el principio de la primera parte de la parte contratante de lo que en otros sitios son realidades. En efecto, la concesión de la medalla de oro de Galicia al ministro de la cosa ferroviaria, conocida tan oportunamente en un día como hoy, político de reconocido Prestige y de sus azarosas singladuras al quinto pino, sólo de esta manera puede explicarse. Reservada antes su concesión a instituciones de inestimables servicios a nuestra Comunidad, ya tuvo un precedente personal en el fabulador Paulo Coelho, famoso, precisamente, por su libro "El alquimista". Claro que en este caso la alquimia que practicaba su protagonista no era la de los materialistas sopladores en busca de tesoros materiales, sino las de la virtud y el espíritu que se comparte en su plenitud como un don inagotable. No sólo no son cesados los responsables políticos de los mayores desastres sino que, por encima, se les conceden medallas de plomo. ¿Qué más cosas veremos hasta que el atanor se funda?.