Trillo, todavía ministro

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

03 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA INDUMENTARIA con la que Federico Trillo se presentó, en medio del espanto, entre la niebla repleta de cadáveres de Turquía, refleja de forma expresiva el talante con el que el todavía ministro de Defensa se ha tomado la mayor tragedia de nuestro Ejército desde que se recuperó la democracia. Aquellos gemelos impecables, la camisa perfecta, la corbata meticulosamente seleccionada, los zapatos betún brillante, el traje maqueado y un propio que llevaba con fruición pelotillera un paraguas para que su señoría, ¡córcholis!, no se manchara con aquella molesta niebla, traducen el espíritu distante e irresponsable con el que este hombre se ha enfrentado al abismo. Al abismo irreparable de tener que contabilizar 62 personas muertas, 62 familias rotas, 62 historias truncadas, y no ser capaz de decir algo tan sencillo como que las personas no pueden viajar en aquellos ataúdes con alas. Es triste que solo después de esta tragedia la mayoría de los españoles nos hayamos enterado del impagable trabajo que realizan nuestros militares tratando de mejorar la calidad de vida en países que lo necesitan; es triste que sólo después de tanta muerte hayamos conocido la aportación de nuestro país a causas de envergadura mundial, que cambian radicalmente la imagen de un Ejército que durante años cabalgó a horcajadas entre las sátiras de Gila y la mala imagen de la dictadura. Hoy, nuestro ejército democrático no anda en devaneos de ruido de sables, como en los setenta y ochenta, no anda en el rancio autoritarismo franquista de los setenta y los sesenta; es un Ejército distinto que desempeña tareas inimaginables hace una década. Pero es más triste aún comprobar que ese trabajo ejemplar lo realizan en condiciones paupérrimas. No es de recibo que viajen en semejantes cacharros, no se puede soportar la catarata de testimonios que afloran ahora y que hablan de unidades que se estropean nada más salir del acuartelamiento en los Balcanes, de aviones de chiste de Forges en el lejano Oriente, de autobuses todo a cien en la antigua Yugoslavia. De acuerdo que en las mejores condiciones posibles existe la fatalidad que hace que se pueda producir un accidente, pero cuando el desgarro en masa urge a buscar explicaciones que conforten resulta demoledor ver en qué condiciones, ¡y qué callados estaban!, viajaban nuestros militares. En el funeral de Torrejón de Ardoz, con aquella densidad de dolor, los familiares de las víctimas -unos, a gritos; otros, discretamente-, les dijeron de todo a Aznar y a Trillo. Aznar aguantó el tirón, mientras Trillo se retranqueaba, se echaba para atrás, como si con él no fuera la cosa. Ahora ya ha empezado a reconocer lo obvio. Se suspenden los viajes en esas condiciones. Con el mismo presupuesto se puede gastar el dinero de otra forma. Por ejemplo ¿cuánto cuesta un viaje de Trillo de España a Colombia en un avión de la Fuerza Aérea para él solo?; respuesta: mucho menos que un pasaje en línea regular. ¿Cuánto cuesta alquilar un carro de combate Leopard, traerlo desde Alemania, darle un paseo en el desfile y devolverlo? Respuesta: cualquier dinero es poco para que la materia prima humana esté en buenas condiciones; no hay nada más caro que la muerte masiva. Trillo, dimite.