EL FÚTBOL tiene en España un efecto sumidero. Sumidero de pasiones en primer término. En una versión actualizada de la invariante social histórica del circo, se desvían hasta hacerlas inocuas para el sistema muchas pasiones que, canalizadas de otro modo, pudieran darle importantes disgustos. Cuando el fanatismo de origen político o religioso parece menguar afortunadamente en España, los fanáticos de vocación encuentran aquí ocasión para ejercitarse. La financiación del embrutecimiento y menoscabo de los valores deportivos de muchas hinchadas son fomentados por los propios clubes. No sólo por jalear lo propio más allá de su justo término, sino también para intentar asustar a los árbitros y a los jugadores. Sumidero de los valores deportivos: cultura del esfuerzo frente a la del logro de triunfos de cualquier modo, ecuanimidad, respeto al adversario. En vez de promover los desarrollos desde las canteras, se buscan urgentemente resultados contratando a ídolos que cambian de camiseta a golpe de talonario, aunque también fallen penaltis. Se vende todo: la imagen, los colores. Cualquier abuso se acepta siempre que se envuelva oportunamente en la bandera que corresponda. Se toleran destrozos en las celebraciones enardecidas de la turba. Incluso instituciones que deberían dar ejemplo de serenidad, neutralidad y ecumenismo como la propia Iglesia católica participan en las francachelas de ofrecer el triunfo a la virgen local respectiva. Aunque no mediaran comisiones fraudulentas, cosa de la que cada uno podrá creer lo que quiera, el fútbol es un sumidero de capitales. Y no nos hallamos ante un caso de posmodernidad caracterizada precisamente por la cesión de las propias responsabilidades al mercado. En realidad, el mercado tampoco funciona aquí, de modo que las instituciones públicas y, por tanto, los sufridos contribuyentes, tienen que acudir con sus impuestos, les guste o no el espectáculo, a salvar de la quiebra la grave irresponsabilidad habitual de los directivos que desbaratan patrimonios sin freno y en la mayor impunidad. Tal presidente, con fama de buen gestor, ha llevado a su club a deudas de decenas de millones de euros que serían impensables en cualquier otra actividad empresarial. Los criterios de gestión empresarial o de prudencia contable se vulneran sistemáticamente. Como en La vuelta al mundo en ochenta días, hay que echar todo lo que arda a la caldera. Hay que ganar aunque nos arruinemos. Ni Hacienda ni los fiscales están ni se les espera: los contribuyentes ya podemos preparar otra derrama, si no queremos declararnos insumisos ante este sumidero de impuestos.