DOS DÍAS antes de que los vecinos pudiesen votarla, Patricia Maurel, candidata del PP a la alcaldía de Puebla de Hijar, fue elegida por su marido para convertirla en el blanco de 11 balas del calibre 22. Como tantas veces sucede, ninguno de sus allegados lo entiende, ya que todos estaban convencidos de que eran, con sus tres hijos, una familia feliz. Pero, frente a todas las apariencias, la propia Patricia se encargó de dejar testimonio de la invisible tensión acumulada en su matrimonio, poniendo una denuncia por malos tratos ante la Guardia Civil. La tragedia que estamos viviendo en España por este motivo es inenarrable. El dolor que producen los hijos huérfanos y los maridos asesinos y encarcelados es enorme. Y las cantidades de juventud y vida que se llevan las mujeres a la tumba es como un río caudaloso e incesante que drena la moral y la humanidad de una sociedad que se siente gravemente enferma. Por eso hay que llorar, en cada caso, todas las lágrimas que nos quedan, y por eso hay que recordar, una vez más, que la política de orden público es un equilibrio muy complejo que se ha deteriorado de una manera alarmante. Pero una vez dicho eso, que es de justicia y sentimiento, también hay que pedirle a los políticos que reflexionen sobre este drama sin prejuicios ni nerviosismo, y que se pregunten friamente para que ha servido el modelo de actuación elegido para contener la violencia familiar y de género. Tratándose de un problema humano con casuísticas irrepetibles, con motivaciones contradictorias e imprevisibles, no creo que vayamos a solucionar nada con tratamientos sintomáticos, esperando que la policía llegue antes que el asesino, o pidiéndole a los jueces que, sobre una irracional carrera de reformas legales, se dediquen a arrear candela preventiva a todo aquel que tiene perfil sospechoso. Lo que hay que investigar es por qué, en una sociedad cada vez más libre y acomodada, se siguen acumulando tensiones en la relación familiar, y por qué, en vez de hacer reformas legales que tiendan a mermar el caudal de esas tensiones, sólo cambiamos la ley para seguir echando gasolina en las hogueras de las separaciones, las custodias y las tutelas. La idea de que el macho es peligroso, que preside la analítica actual, es una solemne estupidez. Y por eso nos conviene descubrir cuanto antes que cada vez que insistimos en más cárcel, más alejamiento, más cargas, más soledad y más destierro, estamos armando suicidas ambulantes que sólo descansan en la cárcel o en la tumba. Porque esto no va a solucionarse hasta que tengamos claro que el drama de José Javier, en su cárcel, no es menor que el de la candidata Patricia, en su tumba.