Todo el pescado está vendido

| GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN |

OPINIÓN

A ESTAS ALTURAS, incluso hace ya tiempo, todo el pescado está vendido. Pero la política, más en tiempo electoral, es también representación y seguirán los candidatos como titanes hasta el último instante, acariciando nuestros oídos con sus cantos de sirena. Saben sobradamente que la campaña no mueve más que unos puntos, poquísimos, dos, tres, poco más en los casos sumamente optimistas, y que lo que no esté hecho de antes es como si quedara sin hacer. Pero las cosas se han ido complicando tanto que el hombre no es lobo para el hombre _excepto que sea adversario político_, pero sí un encantador de serpientes. Terminarán por inventar el mitin unipersonal, aunque no hay nada nuevo en este mundo, que algunos conferenciantes ya han practicado ante un auditorio de uno o dos oyentes. Todo porque en muchos casos media docena de votos pueden ser decisivos, y los candidatos, conocedores de que las voluntades que pueden captar en campaña son mínimas, autojustifican sus últimos esfuerzos como los toreros con traje de lucerío; pensando aquello de que hasta el rabo todo es toro. Lo malo de los políticos no es sólo que se den una paliza en los prolegómenos, la precampaña y la campaña en sí misma. Todos parecen Fraga, con una agenda preñada de actos, sobeteos y demás lindezas. Lo peor es que los demás no escapamos de su afán hiperactivo y nos besan, nos acarician y, lo que es peor, nos bombardean -aunque sean de los del No a la guerra -, con toda suerte de propuestas, muchas veces tan ingenuas que parecen ejercicios de alumnos de primaria poco despiertos. Al final, el día de la gran fiesta, el domingo, el Non á guerra y el Nunca máis van a estar presentes en las solapas o en las conciencias, como temía el PP. Dado que la Junta Electoral, y después de la que ha armado, no ha prohibido que se sepa entrar con semovientes en los colegios, habrá quien corone la testa con la paloma de la paz o, alternativamente, la gaviota popular, para decir lo que el personal quiera entender a través de las aves simbólicas. Y a ver qué presidente de mesa le echa bemoles y prohibe la exhibición de testas coronadas de fauna, para abrir un debate inacabable sobre si la paloma es la de la paz o sólo un ejemplar amorfo del palomar del tío Facundo y si la gaviota es el signo del Aznar pro-Bush o se trata simplemente de un ejemplar de las Cíes salvado por un ecologista. Está a punto de terminar la fiesta de las palabras -que no sé si de la palabra comprometida-, pero me gustaría que el domingo alguien patrocinara al buen poeta que es Carlos Oroza un recorrido por los colegios electorales de Galicia, recitando aquello tan hermoso de «Prohibido prohibir».