EL BUEN AÑO hidráulico que llevamos ha propiciado que en todas las cuencas, excepto las crónicamente secas del Júcar y Segura, los embalses estén en las máximas cotas de almacenamiento. Sin embargo, el régimen de lluvias ha ocasionado dos inundaciones de notable importancia en la cuenca del Ebro, la principal y casi única dadora de caudales para el Plan Hidrológico Nacional (PHN). Casas, cultivos, campos y pueblos se han anegado a causa de unas precipitaciones que han sacado de madre a numerosos afluentes del río que nace en Cantabria y muere en Cataluña. Sólo para evitar estos daños periódicos estaría justificado el plan de cuenca que prevé el PHN para todo Aragón. El secretario general del Consejo de Europa, Walter Schwimmer, y miembro del Patronato de la Fundación del Instituto Euromediterráneo de Hidrotecnia, organismo europeo con sede en Santomera (Murcia), advirtió en un reciente viaje a España del «gran riesgo» que supone para el futuro de la Unión Europea que «las guerras se puedan crear por el agua» y propugnó generar un «ambiente apacible» para solucionar las diferencias en esta materia. Tan sabio consejo, dado desde el sentido común y el desinterés electoral, es desoído por la mayoría de nuestros políticos, que propugnan y hacen lo contrario desde sus posiciones locales, regionalistas, nacionalistas o nacionales federados. De aldea, en definitiva. La mayoría se empeña en sembrar cizaña e insolidaridad, enfrentando a unos españoles con otros sin importarles el bien común ni mucho menos la pacífica convivencia entre los ciudadanos. En sus discursos sobresale casi siempre el para los demás nada , aunque nos sobre y nos inundemos. Desde hace tiempo estamos asistiendo al peligroso juego del vale todo con tal de ganar un puñado de votos, siempre efímeros, siempre para el corto plazo. Nuestros políticos deberían sacar más consecuencias de nuestra historia común, o al menos tenerla más presente, para que no se repitan hechos que sólo provocan sangre y desgarramiento. Y el agua ocasionó demasiada en el pasado.