El candidato

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

09 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

TENGO una deuda nunca saldada con la política electoral. Cuando se convocaron las primeras elecciones de la democracia participé muy activamente en la elaboración de un manual del candidato basado en la experiencia francesa y con unos toques de aroma electoral norteamericano. Pese a ser un partido de izquierdas, el desparecido PSP de Enrique Tierno, pretendimos hacer una campaña por todo lo alto confiados como estábamos en el éxito absoluto de nuestra propuesta y de nuestros candidatos. Los resultados fueron un fiasco y la deuda generada en aquellos comicios perfectamente inasumible. Acompañé a un buen amigo, el recordado catedrático monfortino Juan González Encinar, fallecido hace pocos meses, a un par de mítines para realizar un seguimiento del idearium diseñado. Era el cabeza de la lista por Lugo y viajamos a un municipio costero con escasas dotaciones culturales y deportivas. Reunidos en el bar más céntrico un par de docenas de vecinos, Juan se encaramó en una mesa y demandó del auditorio las necesidades más perentorias de la pequeña villa. Nadie decía nada hasta que se rompió el silencio pidiendo un campo de fútbol. Juan miró para mí, que estaba sentado en la primera fila, y como si yo fuera el ministro del gobierno responsable de las infraestructuras deportivas, asentí con la cabeza. Entonces el candidato, satisfecho de su consulta, respondió con un «se hará», que fue recibido con aplausos por toda la parroquia. Han pasado varios lustros y el campo de fútbol sigue sin construirse. Cada vez que visito el pequeño pueblo, muy cercano a mi lugar de veraneo, me siento deudor con aquella gente, que en su inocencia democrática creyó en las promesas vanas de un partido que nunca gobernaría este país ni autonomía alguna. Quisiera poder convencer a quien corresponde de la necesidad urgente de construir un campo de deportes en ese ayuntamiento del que me reservo el nombre. Se vería cumplida la oferta electoral, el «se hará» que Juan Encinar prometió cuando la democracia echaba a andar. Otra vez, como cada cuatro años, estamos en campaña. Nunca tan bien, tan limpios, tan acicalados, con obras evidentes, estuvieron nuestros municipios. Los alcaldes, todos los alcaldes heredaron algunos tics del franquismo, el estado electoral de obras tan grato a Fernández de la Mora, el populismo directo manifestado en el cuerpo a cuerpo con palmadas a los vecinos, y esa amabilidad sospechosa de no decir nunca que no aunque rara vez se traduzca afirmativamente. Los alcaldes y quienes aspiran a serlo poseen un componente pícaro que trasciende y se deja ver en la gestión pública, y todos sin excepción son vocacionalmente virreyes. Los años trascurridos desde la transición democrática han sido los años de las ciudades y de los pueblos. Es donde más y mejor se notan las trasformaciones urbanas, donde se ha incrementado notablemente la calidad de vida. En los ayuntamientos se piensa en el vecino, se trabaja mirando a la cara del elector y no hay muchas concesiones a la abstracción. El resultado, pese al feísmo reiterado en muchos municipios, es notorio y ejemplar en ciudades como Gerona, Oviedo, Compostela o León, que han subrayado enfáticamente las mejoras de su patrimonio rescatando la ciudad para quienes la habitan y para quienes la visitan. Una vez más se abren las puertas electorales para que siga colándose el futuro, el progreso y la modernidad.