UNA DE LAS mayores novedades de la crisis y posterior guerra de Irak ha sido el regreso de Rusia al ámbito de la política internacional de primera fila con su viejo talante universalista. Es algo que ocurrió a la chita callando y que en verdad sólo se hizo visible en su respaldo a Francia y Alemania en el «no a la guerra» y en su resistencia a los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad. En todo lo demás, Moscú ha mantenido una posición tan equilibrada y tan lógica que ni siquiera Bush y su equipo han podido bramar contra los rusos como lo han hecho contra los franceses. Es verdad que Rusia ha sufrido un proceso desapacible y anárquico en los últimos años del siglo pasado, pero no es menos cierto que el Gobierno central ha logrado hacerse con las riendas del país y que, desde 1999, ha encadenado una racha de cinco años de crecimiento económico, atribuible a las exportaciones de petróleo y gas natural, pero sobre todo a la recuperación del sector industrial. Es el arranque de una economía que ha superado la fase de quiebra o baja fiabilidad. Hoy Rusia es un proveedor y un cliente de relieve, que tiene su mayor intercambio con la Unión Europea (7,5 veces más que con EE. UU.). Algo que contribuye a explicar su cercanía a Francia y Alemania. Exagera Emmanuel Todd en su libro Después del imperio cuando pinta a los Estados Unidos empecinados en propiciar la desintegración de Rusia o, cuando menos, aislarla internacionalmente. Es una afirmación desproporcionada. Como lo es decir que Rusia puede vivir sin Estados Unidos, pero no sin Europa. El propio comportamiento de los rusos está demostrando su interés por entenderse con los estadounidenses y a la vez fortalecer a Europa como bastión de un mundo multipolar en el que Moscú tendría mucho que decir, tanto en el plano militar como en el de los suministros energéticos. Ir más allá sería confundir la realidad con los deseos, un lujo que Putin no puede ni quiere permitirse. Su objetivo es ubicar y asentar a Rusia en la primera fila internacional.