SE HA IDO una semana de imprevista evolución en el Irak de la posguerra. Por Faluya repicaba la tragedia un día tras otro; fuerzas de ocupación han refluido hacia Bagdad; Donald Rumsfeld hacía la ronda de los generales victoriosos, comenzando por Doha y Abu Dhabi y acabando el recorrido en la cuna de Alí Babá, para emplazar a las calendas griegas el fin de la ocupación -una vez que la democracia se haya establecido en Irak-; Vladimir Putin se enrocaba, en el ajedrez político de después de la contienda, negándose a la derogación inmediata del Petróleo por Alimentos -pues perdería Rusia oportunidades de comercio y menguaría su cuota en el mercado petrolero mundial-; Francia y Alemania hacían en Bruselas su manifiesto de defensa militar autónoma para «su» Europa, homeopáticamente flanqueadas por Bélgica y Luxemburgo, y acaso por Grecia -celosa de los favores y paciencias de EE.?UU. con Turquía-. Irak ha pasado de sólo pulsar como tema internacional en sí mismo a comparecer como asunto de referencia central de otros problemas pendientes. Por ejemplo, los pujos chauvinistas de la Francia de siempre: galleando con la Casa Blanca; condescendiente con la Alemania hiposoberana, disminuida por la derrota en la Guerra Mundial, con la que comparte infracción presupuestaria en la UE; ninguneando, en fin, a España, desde sus constantes políticas norteafricanas. Mientras, se prueba que Jay Garner no sirve para el Irak de ahora mismo, y es puesto a las órdenes de un diplomático. Colin Powell reitera ante París ademanes de impaciencia por lo que hizo y hace, y pone foco en Madrid a la reactivación del proceso de paz para Israel y los palestinos, aunque siempre con el permiso de la Ley del Talión. Sharon quiere seguir el primero en esa cruzada contra el terrorismo, otra vez convocada por G. W. Bush.