UNO TIENE su Semana Santa, su coche y sus hijas que pasear e hijas que visitar, uno interrumpe muy a gusto su tejemaneje cotidiano de etimologías y en un periquete de autovía se pone en Madrid. Parte esencial de disfrutar obscenamente la autovía es el recochineo en recordar tiempos en que salir de Santiago a comer en Benavente ya era un farde afortunado y temerario. La autovía es hoy disfrute pecaminoso en la rememoración masoquista de las ristras sádicas de camiones en las curvas entre Allariz y Xinzo, o entre Pedrafita y Villafranca. Y nos moriremos de viejos sin haber celebrado como es debido, a toda lujuria, el no volver a pasar por los pueblos-longaniza cuyo único plan de urbanismo fue parasitar la carretera y su seguridad, comodidad y rapidez. Tengo a la vista hojas del mapa 1 : 25.000 de Galicia con pueblos de dos, tres, cuatro... kilómetros de largo por apenas cien o doscientos metros de ancho y todos ellos son parte del urbanismo y (des)ordenación del territorio que para Galicia patentó Mezisko Dondemepeta, con tramos en los que se ha bordado el paroxismo del desmadre con un rosario-salpicón de casa, puticlú, taller, chalet, casa, tanatorio, almacén, puticlú, casa, galpón, casa, taller, hotel, gasolinera, puticlú ... que ni Billy Gates sería capaz de programar en frío y en seco porque la Antropología Gallega te es mucha Antropología y hay que vivirla desde dentro, en caliente, racialmente, desde la noche de los tiempos y per saecula saeculorum. Amén. Bueno, vamos a lo que íbamos, a un par de objetivos pendientes de visita y revisita desde tiempos de estudiante, cuando había muchos más ánimos y mucho menos «con qué» para darle un repaso a los alrededores de Madrid. Por ejemplo y sin ir más lejos ¡pero 120 km de todos modos! una de las cinco Segontia de la Celtiberia y aledaños, la Sigüenza de Guadalajara, con emplazamiento altivo que justifica su significación de «dominante, victoriosa» y con una monumentalidad y un ambiente de ¡ chapeau ! y ¡cuerpo a tierra! Y en Sigüenza es de precepto ponerse melancólico ante don Martín Vázquez de Arce, acodado en su empedernida lectura de El otoño de la Edad de Media ; don Martín, el Doncel por antonomasia y que, sin ser ni Bisbal, ni Lequio, ni Cruise, todavía tiene cola de admiradores y curiosos y seguirá teniéndola cuando esos donceles mínimos y otras vanidades de la feria no sean otra cosa que la «carcasa ocre» que, con Séferis y Carnero como testigos, acabó siendo Helena, aquella belleza que, según su suegro y otros machistas y rijosos, justificaba diez años de guerra. Francamente, las prefiero feas. No es por dar envidia, pero el cordero estaba de pecado reservado al Ordinario y el fin de fiesta fue volver a Madrid con un hermoso rodeo por tierras duramente hermosas, cruzando un par de ríos llenos de truchas desnudas, para ir a comprobar qué bien se pateó el terreno el juglar del Cid que calificó a Atienza de «peña muy fuerte». Y es que no te hay nada como viajar para ilustrarse.