LA IDEA de una justicia rápida suena muy bien. Y, aunque no tengo el honor de encontrarme entre los admiradores de Michavila, estoy dispuesto a romper una lanza a favor de una regulación que trata acabar con el inmovilismo procesal que nos ahoga. También puede ser cierto que no hay medios ni personal para la nueva justicia. Pero no les oculto que en este asunto llevo la mosca detrás de la oreja, y que muchas de las quejas que leo estos días empiezan a sonarme a las consabidas tretas que preceden a una negociación salarial privilegiada, o que vienen a reforzar el corporativismo de unos jueces que, en vez de aceptarse como funcionarios que son, quieren aparecer como detentadores (la palabra es exacta) de un poder que, si es democrático, sólo puede entenderse al servicio del pueblo. En España no hay experiencia de lo que pasa cuando los jueces dejan de dar conferencias, o de impartir pasantías, y dedican treinta y cinco horas semanales a trabajar sus instrucciones y a hacer sentencias. Y eso me hacer pensar que no deberíamos ser tan benignos con esa manida exigencia de medios que, a pesar de los grandes cambios producidos en los últimos años, no mejoran en nada la eficiencia del servicio. Lo que no tiene sentido es que un juicio por el robo de un bolso dure siete años, que una demanda civil por plagio (fotocopia contra fotocopia) se eternice, o que tantos mafiosos se vayan de rositas porque el juez que los encarcela en un minuto no es capaz de concluir nada en cuatro años. Por eso estoy de acuerdo con Michavila en que hay que empezar por algún sitio, que la experiencia se gana andando, y que, puestos a hacer sentencias como las que se hacen ahora, que al menos acaben pronto. Porque también debe ser verdad, parafraseando a Gracían, que lo malo, si breve, menos malo. Claro que ningún sistema funciona si no es creíble. Por eso se me ocurre probar el programa Michavila utilizando la fórmula que inventaron en Cartago para estrenar el potro de sacrificios de Baal. Y, si el sátrapa cartaginés quemó al inventor en su becerro de bronce incandescente, propongo que el ministro Michavila y el fiscal Fernández Bermejo se denuncien mutuamente y sustancien sus diferencias en un juicio rápido. El fiscal dice que el ministro les aboca a una tarea imposible. Y Michavila responde que «el fiscal jefe de Madrid se ha manifestado en rebeldía y hará todo lo posible para que falle todo». Y esto, que es muy grave, no puede quedar así. Si tiene razón el fiscal, hay que poner a la sombra al ministro. Y si tiene razón el ministro, hay que poner a la sombra al fiscal. Porque si todo sigue igual, estaremos donde siempre. Aunque vayamos más rapido que nunca.