Cartier-Bresson

| IGNACIO RAMONET |

OPINIÓN

HENRI CARTIER-BRESSON tiene 94 años y se le considera como el mejor fotógrafo del mundo. Cuando le conocí, él ya era muy mayor, debía acercarse a los ochenta años y había dejado de fotografiar desde hacía tiempo. Ayer, 29 de abril, se inauguró en París, en la Biblioteca Nacional de Francia, una gran retrospectiva de su obra que reúne unas 350 piezas de este fotógrafo sin par. A propósito de un artículo sobre unas elecciones, recibí un día una carta suya, escrita a mano, con grandes letras de tinta china negra, caligrafiadas a usanza antigua en la que se declaraba partidario de contabilizar el voto en blanco. En Francia, estos votos (una simple papeleta blanca en el sobre) no figuran en las estadísticas, se mezclan con los votos nulos (papeletas manchadas, o con escritos e insultos) y son asimilados de hecho a una abstención. Esto enfurecía a Cartier-Bresson. Vino a verme con su compañera, la también excelente fotógrafa Martine Franck, para explicarme que el voto en blanco no podía ser comparado a una abstención porque el elector había cumplido con su deber cívico, se había desplazado al colegio electoral, etcétera. Y porque era, decía él, la única manera activa y democrática de expresar el rechazo al conjunto de los candidatos y de los programas. Le di la razón. Alto, de rasgos finos, con unos ojos claros de mirada intensa, vestido con elegante desenfado, Henri Cartier-Bresson tiene en sus modales ese inconfundible no se qué de los aristócratas de izquierda. Me contó que era libertario y que se había convertido a los ideales anarquistas durante sus andanzas por España en los años 1932 y 1933, cuando estuvo fotografiando los burdeles de Alicante, los vendedores callejeros de Madrid, los chavales de Sevilla y los gitanos de Granada. Una España a la que regresó en 1937, en plena guerra, para rodar dos documentales en la zona republicana, uno sobre los hospitales, Victoria de la vida , y otro sobre el Socorro Rojo, España vivirá . Cartier-Bresson es un hombre tímido, que habla con voz discreta. Me dijo que no le interesaba la fotografía; que el arte de verdad, para el que sabe mirar, es la pintura. Martine sonreía. Y que desde hacía años él ya sólo se dedicaba al dibujo. Me invitó a una exposición de sus últimas obras. Nos volvimos a ver unas semanas después en la galería Claude-Bernard, calle des Beaux-Arts, en el barrio latino. Parecía muy desdichado, en medio del ambiente superficial y mundano de un vernissage parisino. Se refugió conmigo detrás de una especie de biombo chino que nos aislaba del tintineo de las copas de champán y del runrún de los chismorreos huecos. Se disculpó: «Mi galerista me obliga a esta comedia. Y a mí esto me pone enfermo». Hablamos de sus dibujos. Paisajes urbanos y retratos. En blanco y negro como sus fotos y realizados con rasgos repetidos y enérgicos a semejanza de los dibujos de Giacometti. Sobrino de André Lhote, uno de los mejores pintores cubistas, Cartier-Bresson siempre fue amigo de pintores. Y pudo fotografiar, en sus talleres y en la intimidad, a genios como Pierre Bonnard, Georges Braque, Henri Matisse y Pablo Picasso. Amigo también, y último superviviente, de los mejores fotógrafos de su generación, entre ellos Robert Capa y David Seymour, con los que fundó en 1947, la agencia de fotos Magnum. «Una fotografía es una cuestión de moral -dice Cartier-Bresson-. Nunca hay que retocar en laboratorio el encuadre de una foto. Ésta debe ser el reflejo fiel del momento de la toma. Para un auténtico fotógrafo, ése es el momento de la verdad. Y la verdad sólo surge cuando están en el mismo punto de mira el ojo, el corazón y la mente».