El combate de los jefes

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

26 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

FELIPE GONZÁLEZ intenta provocar a Aznar, sin duda con maquiavélicas intenciones, para que desista de su propósito de retirarse y vuelva a dar la cara en las próximas elecciones. Le hace responsable de la crisis de su partido por sus devaneos con Bush y, por consiguiente -como diría el ex-presidente- le espeta que no puede dejar a sus herederos la patata caliente de su controvertido proceder. Desde que perdiera la presidencia del Gobierno, González no se ha resignado a ser un prudente ex. Ha mantenido y mantiene casi intacta su influencia en el partido, donde se le respeta como una venerable referencia del poder, que sus seguidores anhelan recuperar. Desde su pedestal de esfinge de Peridis, Felipe González imparte doctrina y cuando escribe o cuando habla pretende que sus crípticas opiniones se valoren como oráculos o se tengan por sentencias irrefutables. En el fondo, el ex-presidente socialista cree que aún sigue en la Moncloa y que el actual inquilino es un intruso. Por su parte, José María Aznar, en el último tramo de su presidencia, también se siente trascendente. Ha sentido la llamada del gran poder supraterrenal, para formar parte del triunvirato del Eje del bien . Un brillante colofón a su carrera política si en el guión no hubieran metido mano los aguafiestas del No a la guerra . En paralelo a los enfrentamientos reales de los grandes partidos, los jefes históricos del PP y del PSOE mantienen su batalla particular, en la que uno provoca al otro a que se lance al ruedo y este otro no le hace caso, aunque -entramos en el meollo de la cuestión- supongamos que, cansado de las provocaciones de su adversario y en un gesto de chulería para recreo de agiotistas, decide devolver el reto más o menos en los siguientes términos: «Si tanto interés tienes en que yo me moje, ¿por qué no te mojas tu, también, conmigo?». Naturalmente, este reto en la cumbre es imposible, porque Felipe no se arriesgaría nunca a perder el halo de poder mayestático que aún conserva y en el caso de Aznar tampoco sería posible, porque a estas alturas no puede dar marcha atrás en su decisión y porque no se arriesgaría a que los votantes le pasaran factura por sus ardores guerreros . Sin embargo, planteada la hipótesis de un imposible combate de los jefes. .. vamos a llevar la contraria a la lógica y hagámosla posible. Supongamos que las encuestas dicen que Zapatero es un líder consolidado en su partido, pero que no acaba de enganchar en un electorado indeciso, que es el que, a la postre, concede el triunfo o la derrota. Por otra parte, supongamos que el heredero de Aznar provoca algunos recelos dentro del partido y en algunos sectores de sus votantes. Además, el votante indeciso no se siente atraído por el nuevo cabeza de cartel y guarda cierto resentimiento por el asunto de la guerra de Irak. En ambas encuestas se pide opinión sobre posibles soluciones para superar las dudas que los encuestados tienen de los candidatos oficiales y la respuesta mayoritaria es que echan de menos, a pesar de todo, a los grandes líderes: Felipe González y José María Aznar. La interpretación política de esta contundente respuesta es que la compleja situación de España no está para experimentos con un futuro presidente inexperto que, según todos los indicios, no tendría la mayoría absoluta y estaría a merced de las exigencias y hasta chantajes de los nacionalistas. Por tanto, se considera que es más necesaria que nunca la experiencia de cualquiera de los dos presidentes que han gobernado, entre ambos, 22 años. En los cuarteles generales se rechaza rotundamente esta propuesta porque sería una afrenta para los candidatos oficiales, aunque, por otro lado, se reconoce que la opinión pública puede tener razón... Y en un alarde de generosidad los líderes oficiales, deciden invitar a sus líderes carismáticos a que hagan el histórico sacrificio de volver al primer plano como cabezas de sus respectivas listas.... Fin del juego de lo posible. En este punto la realidad se impone sobre la hipótesis y todo queda como está. Los grandes líderes históricos, en sus pedestales, por encima del bien y del mal, en un estado globalizado , que menosprecia los pequeños problemas domésticos. Es decir, ambos están superados por ellos mismos y su reenganche sería un fracaso de la evolución política. Por consiguiente, combate suspendido... por incomparecencia.