GIOVANNI Sartori dice en La sociedad multiétnica que a pesar de la prepotencia actual de títulos, másters y acreditaciones de todo tipo, los analfabetos del pasado eran «más doctos en términos de sabiduría» que los formalmente educados de hoy. Captaban mejor el sentido y verdad de las cosas. Para el pensador italiano «su falta de educación escolar se suplía con una tradición de sabiduría destilada en los proverbios» y con su más afianzada experiencia de la vida. Habría que volver al refranero como advertencia contra las arrogancias de nuestro tiempo. Recuerdo uno que decía mi madre, el de que «no hay peor ciego que el que no quiere ver», cuando alguien rechazaba una palpable evidencia que debiera obligarle a modificar sus puntos de vista. La ceguera voluntaria es actitud generalizada en nuestro tiempo. No se aprende de la experiencia, pocos entienden que progresar es refutar los propios errores mantenidos en el pasado. Y si hace falta, pedir humildemente perdón por ellos. Nadie es perfecto, sino todo lo contrario. Sobra vanidad, arrogancia y su inevitable consecuencia, una maldad orgullosa que está carcomiendo las relaciones interpersonales. El desenlace de la guerra de Irak y la caída de la última máscara de Fidel Castro deberían haber provocado un verdadero terremoto en las posturas ideológicas, éticas y políticas en nuestra vida política y social, en la naturaleza de nuestras convicciones. Pero no se escucha ninguna autocrítica sincera, nadie se había equivocado ni con Sadam ni con Fidel. Nadie ha revisado el antiamericanismo. No se oyen voces de condena a las innombrables posturas de franceses, rusos y alemanes ni del cinismo de la ONU. No hubo júbilo público por la liberación -provisional y precaria, pero esperanzadora- del pueblo iraquí. Pocos han expresado su dolor por los miles de torturados y desaparecidos en las cárceles y campos de la dictadura. Casi nadie es capaz de ver por encima de un tema petrolero, del que carecen de riguroso conocimiento, para apreciar el hecho fundamental de la promesa de libertad. La actitud con Cuba no está siendo menos cicatera. Los justos y solidarios de profesión hablan más del mal llamado y peor entendido bloqueo comercial americano, que del terror humillante de una dictadura concentracionaria. Es triste que a mucha gente no les importen las personas que sufren de falta de libertad, los verdaderos condenados de la tierra, porque están preocupados por su narcisismo ideológico, por quedar siempre bien, por tener siempre razón, porque no les caigan las soberbias. La ceguera voluntaria se convierte así en un blindaje contra la realidad, en preservación del estatus personal, en defensa contra la precariedad personal, en renuncia a la modestia. Es un mecanismo fatal, el engaño del yo, la condena a la mentira permanente, a la búsqueda y selección de cómplices. Es pasaporte a la histeria, el autoengaño y la infelicidad.