SE ECHAN en falta estos días en televisión las imágenes de los brigadistas internacionales de Bagdad defendiendo desde el malecón de La Habana al pueblo cubano de la tiranía del régimen castrista y su último horror: fusilar a tres cubanos por secuestrar sin violencia un barco e intentar huir de la isla-prisión para alcanzar la libertad unas cuantas millas adelante. Como por arte de birlibirloque han desaparecido de escena los escudos humanos españoles que tan valientemente defendieron a Sadam Huseín, el pariente rico de Fidel Castro, del ataque anglo-norteamericano. La última vez que les vimos fue en Barajas, algo cansados por el largo viaje pero con fuerzas suficientes para denunciar los desmanes de las tropas aliadas. Nada dijeron de la censura del régimen y la opulencia en la que vivía la familia del dictador, frente a las manifiestas carencias del pueblo y la alegría de este cuando le liberaron de tan siniestro personaje, pero es de suponer que se guardaron el relato para ofrecérselo pormenorizado al juez cuando les llame a declarar por el asalto a la Embajada de España en Bagdad y el robo de la bandera española y su sustitución por la iraquí, mientras aún regía los destinos de este pueblo el padre de todas las mentiras. Cabe pensar que los brigadistas han disfrutado de sus merecidas vacaciones de Semana Santa en algún lugar apartado y que, debidamente reconfortados en lo material y espiritual, estén pendientes de que Cuba les conceda el visado para defender allí los mismos ideales que defendieron en Iraq. Prietas las filas acosarán a Castro abrochados al hotel Habana Libre en una acción combinada desde el interior y el exterior con los demás defensores de la libertad y la democracia, la dignidad de la persona, los derechos del hombre y del ciudadano y, en fin, de toda la panoplia de leyes, declaraciones, principios y derechos en las que una y otra vez se cisca el comandante desde los acantilados de su veterana dictadura, defendida con ardor por Llamazares, como es su obligación, y por Miguel Ángel Martínez, que no la tiene tanta. Resultan patéticas las mil formas que emplean los defensores de las dictaduras para mantener estas y socavar los principios democráticos de los países libres, los únicos que no se atacan entre sí ni se sienten amenazados entre ellos. Solo las dictaduras exportan terrorismo y protegen a los terroristas.