EL DIARIO Le Monde podría repetir ahora uno de sus grandes titulares de primera página en el que, poco antes del comienzo de la guerra de Irak, proclamaba con orgullo: «Francia exaspera a los Estados Unidos». Desde entonces, el funambulista Jacques Chirac, con el apoyo de la inmensa mayoría de los franceses, no dejó de combatir la acción guerrera que preconizaban los halcones de la Casa Blanca. Siempre del lado de una legalidad internacional sustentada en la capacidad decisoria del Consejo de Seguridad de la ONU, Francia buscó la solidaridad de un antiamericanismo internacional deseoso de un mundo multipolar y lideró la campaña a favor de un «no a la guerra» que ofrecía los dividendos claros de un inesperado liderazgo mundial. Pero la guerra se consumó, y Francia, desorientada, se apuntó a una nueva campaña: la ONU debía administrar la posguerra en Irak. Algo en lo que casi todo el mundo estaba de acuerdo, menos Estados Unidos. Porque por entonces ya iba quedando claro que la guerra no se había hecho por lo que se dijo, ni siquiera por lo que se sospechó. Los neoconservadores americanos habían ido a Bagdad para que el mundo cambiase y, después de la victoria, extraían nuevas conclusiones, todas coincidentes en que la cirugía bélica es la mejor solución cuando un problema se encona. Aviso para Siria y para Irán. Y para Corea del Norte. Y para Cuba. Ahora EE. UU. quiere algo lógico: que la ONU retire las sanciones impuestas a Sadam Huseín y ponga fin al programa Petróleo por Alimentos controlado por el Consejo de Seguridad. Pero Francia y Rusia se han negado a aceptarlo: sin Sadam, las sanciones también tienen sentido. Es el arma que les queda para que la ONU tenga un verdadero protagonismo en la posguerra. Bush, quizá tan exasperado como tituló un día Le Monde , ha vuelto sus ojos hacia el Consejo de Seguridad y busca un acuerdo. Es una gran oportunidad para volver al buen camino, si unos y otros renuncian a jugar con fuego. Sería el éxito de la afiligranada porfía francesa.