El legado

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

16 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

HOY AZNAR es considerado por millones de españoles, de la más variada condición social y procedencia ideológica, un problema para nuestra convivencia y un obstáculo para la defensa de nuestros intereses nacionales. Las últimas decisiones políticas del presidente, particularmente su enfático apoyo a la guerra de Irak, han conducido al país al borde de la fractura social, han enfrentado a los ciudadanos con las instituciones, con el consiguiente deterioro de las mismas, a niveles desconocidos en nuestra democracia. Pero Aznar no se ha detenido ahí. Su estilo autoritario de gobierno le ha llevado a agredir gravemente a la oposición -a la que ha calificado de peligro para España- sin comprender, como demócrata sobrevenido que es, que semejante deslegitimación de la alternancia política le situa más cerca de un régimen autoritario que de un sistema democrático. Con frecuencia la vida política española ha estado presidida, demasiadas veces monopolizada, por la confrontación, sin horizontes, entre dos nacionalismos de signo diferente. Uno, el español, que haciendo uso indebido de la Carta Magna propone una rancia idea de España, basada en un nuevo centralismo patrio y en la vuelta a viejas concepciones, superadas, hace ahora 25 años, a través de la vigente Constitución. Otro, más exactamente otros, los nacionalismos periféricos, empeñados en una permanente desconfianza, cuando no enfrentados al Estado, y siempre renuentes al proyecto común. Pues bien, bajo el mandato de Aznar, y pese al innegable éxito de la lucha policial contra el terrorismo, la confrontación se ha radicalizado, hasta el punto que esa peligrosa dicotomía ha sustituido a la polarización entre demócratas y terroristas. Todo ello con un objetivo claro: lograr que la izquierda pierda su perfil político, al verse condenada a desempeñar un papel subalterno, alineada con uno de los polos en litigio. Enfrentándonos a los países que quieren construir una Europa autónoma -lo que realmente supondría un factor multiplicador de nuestra influencia en el mundo-; distanciándonos de América Latina, a la que en nada ayuda nuestra postura aquiescente de EE.?UU.; introduciendo una ruptura histórica y simbólica con el mundo árabe, lo que nos invalida para ejercer el papel de puente político y cultural entre las dos orillas del Mediterráneo; Aznar ha dinamitado la política exterior de España y, contrariamente a lo que proclama la retórica oficial, ha reducido a nuestro país a un papel irrelevante, carente de iniciativa política propia e incapaz de actuar, salvo al dictado y bajo el patrocinio de Washington. Tal es el legado de José María Aznar. No parece que sobre algo semejante pueda construirse el futuro de nuestro país. Pero, en una sociedad democrática, sólo los ciudadanos pueden decidirlo.