DESDE el punto de vista de las tiranías, la de Sadam Huseín era modélica: el tirano vivía en la opulencia, gozaba de una casta social que interpretaba con la tortura y la muerte sus silencios taimados, sus esquinadas sonrisas, sus palmaditas en el hombro, el rictus de su bigote, y todo un pueblo metido hasta las cejas en la indigencia y el terror o en el calabozo o en la tumba. Uno de sus coroneles ha declarado a la BBC que «si alguien le hubiera dicho [a Sadam Huseín] que no teníamos un ejército para hacer frente a EE.UU., le habría matado». Lo que significa varias cosas en cuanto al superior modelo de su tiranía: a) Que sus subalternos sólo le decían lo que el tirano quería oír. b) Que con eso que le decían (aunque fuese mentira) y con lo que deseaba oír (aunque fuera una quimera) le bastaba para matar, pues de no ser así le habrían dicho otra cosa e incluso le habrían matado. Y c), sobre ese pedestal de mentiras, dolor y quimeras, rematado con un asombroso despliegue de bravatas, este hombre ha llevado a su pueblo a la muerte. Está claro que no se puede decir -sobre todo si no se quiere- que el tirano haya llevado en esta ocasión a su pueblo a la guerra, pero sí que le ha puesto de hoz y coz en ella. Y una vez puesto su pueblo en semejante coyuntura -no tan distinta a aquélla en la que ya vivía- el tirano abandona su rincón y se esfuma con los suyos por el foro, dejando tras sus pasos una estela de magia negra e ilusionismo sangriento tan poderosa como para que, ahora que ya no está, a nadie importe gran cosa su paradero ni el estado de su salud. Si al enemigo que huye hay que ponerle puente de plata, al tirano que se fuga no es tan importante enviar policías tras su pista como organizar vigías, centinelas y serviolas que impidan para siempre su regreso. Tal caída de una tiranía tan modélica puede dibujar un modelo para una democracia cuya sustancia no es cosa de los americanos, de los británicos, de la ONU, de la UE, de los que estaban a favor o en contra de lo que fuera, o de los líderes de Francia, Alemania y Rusia reunidos en San Petersburgo. La incógnita está en manos de ese pueblo que saquea y que contempla contrito y preocupado el saqueo. La caída del tirano ha producido el desencadenamiento de otros bajos instintos, el desgarramiento de un tejido social inicuo cuyas cuentas tardarán en ser saldadas. De eso es de lo que se habla cuando se habla de la catarsis como efecto fundamental de la tragedia. Un pueblo atracado durante décadas, defraudado por su líder y traicionado por su régimen, impone su efímero desorden, la venganza del pillaje. No hay en el área un régimen similar en maldad e imprudencia al que impuso Sadam Huseín, pero lo visto es un aviso para navegantes.