...Y, MIENTRAS, Fidel Castro cogió su fusil y se puso a «liquidar» disidentes y cabecillas de fugas de su particular paraíso tropical. Era lo que nos faltaba: que el viejo carcamal se apresurase a reclamar para sí el título de sátrapa que hasta ahora había retenido con todo merecimiento el ya derrocado Sadam Huseín. El último de los viejos dictadores americanos ha aprovechado el ruido de las armas en Irak, con la atención del mundo alejada de su isla, para asestar un duro golpe a la disidencia interna, infiltrada previamente hasta los tuétanos por los héroes de su revolución, y con la que había estado jugando miserablemente en los últimos tiempos. Las severas condenas de cárcel para 75 de ellos y las ejecuciones de tres «secuestradores» de una lancha de pasajeros dan una idea del buen ánimo del jeque de La Habana, que una vez más cierra su puño para asfixiar todo asomo de cambio hacia la democracia. El líder cubano parece empeñado en darle la razón a los furibundos neoconservadores estadounidenses, que reniegan de las limitaciones de la ONU y defienden el uso de la fuerza contra todos los «reinos de terror». En España, hasta José Bono, socialista nada sospechoso de simpatizar con Bush y presidente del Gobierno de Castilla-La Mancha, ha dicho que Castro «es un hombre despreciable» y que su régimen «tiene que caer». La solidaridad internacional, dijo, «debe conducirse a hacer caer a un tirano que tiene sometido a un pueblo que merece la libertad».Mientras, en Cuba, el Consejo de Estado castrista ha justificado su dureza por la existencia de un «plan siniestro de provocaciones fraguadas por los sectores más extremistas del Gobierno de EE.?UU. y sus aliados de la mafia terrorista de Miami con el único propósito de crear condiciones y pretextos para agredir a nuestra patria». Un disco rayado cuyo contenido, a base de repetirse, puede acabar por convertirse en verdad. A los neoconservadores de EE.?UU. les encanta planificar liberaciones. Fidel debiera tenerlo presente y dejar de emborronar su biografía, que hace enmudecer de bochorno a muchos de sus más fieles seguidores.