El otro archipiélago gulag

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

12 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

NO ES DIFÍCIL imaginar el gulag en las gélidas estepas siberianas. Es suficiente con leer la sobrecogedora novela de Alexandr Solyenitsin ( Archipiélago Gulag ) para darse cuenta de que esa creación demoniaca del comunismo estalinista (los campos de concentración donde los supuestos traidores a la patria eran torturados con el hambre, el frío y el terror a ser ejecutados) se ajustaba, como anillo al dedo, a una geografía, un clima y una historia en la que el gulag (zarista o comunista) había acabado pegándose a la piel del admirable y desamparado pueblo ruso. Pero ¿cómo concebir el gulag en las Antillas? Sí, ¿cómo sospechar que un día esa pesadilla iba a convertirse en realidad en el país del sol y del calor, del Tropicana y los mojitos, de las habaneras y la salsa, de las novelas luminosas de Alejo Carpentier y los poemas musicales de Guillén? ¿Quién iba a imaginar que uno de los lugares más hermosos del planeta iba a convertirse en una inmensa cárcel colectiva a cielo abierto en la que docenas de miles de personas mal mueren con la idea obsesiva de escapar? Esa idea acaba de costarle la vida a tres cubanos, ejecutados por la única de las muchas dictaduras que quedan aún sobre la tierra capaz de suscitar la simpatía de miles y miles de alegres progresistas, que viajan a Cuba sin el más mínimo cargo de conciencia, convencidos de estarlo haciendo al paraíso terrenal y no al negro infierno autoritario y miserable que controla, como si fuera una finca familiar, un charlatán brutal y despiadado, cuyo mérito es haber convertido a su país en el mayor prostíbulo de América latina.Aunque los condenados a muerte lo fueron sin ninguna garantía, no es ese dato, en sí mismo estremecedor, el que más llama la atención. Pues sólo los ignorantes o los cínicos dicen hoy desconocer lo que ya de todos es sabido: que el régimen castrista no es más que una implacable dictadura, donde los derechos humanos son conculcados de forma sistemática. No, lo que llama la atención no es tanto la brutal ejecución de unos ciudadanos que han sido de hecho asesinados por quienes llevan proclamando desde hace casi medio siglo que mandan en Cuba para garantizar los derechos de todos los cubanos, sino la furia inagotable de éstos por huir: si por huir por el aire o por el mar, por las buenas o las malas, solos o acompañados, jugándose la vida o ganándose la muerte.Huir, escapar, evadirse, fugarse, compañero . Esa es la obsesión. Y ese el logro histórico de Castro: haber convertido el «largo largarto de verde / con ojos de piedra y agua», cantado por Nicolás Guillén, en el trágico archipiélago gulag descrito por Alexandr Solyenitsin.