¿Peligran las urnas?

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

07 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EN LOS VIOLENTOS años que precedieron a nuestra guerra civil, los grupos fascistas tenían como uno de sus objetivos de lucha política, reventar los procesos electorales, por el expeditivo procedimiento de romper las urnas. A decir verdad, las urnas eran indefensas piezas de cacería de todos. Unos, para romperlas y otros, para meterles mano . Todos violaron las urnas y el resultado de aquella profanación de las libertades fue el fracaso de la política, la tragedia de la guerra y 40 años de dictadura. En total, casi medio siglo de retroceso. La democracia es un delicado sistema de convivencias que necesita homologarse de manera permanente. Ortega reflexiona en La España invertebrada : «Para qué vivimos juntos... Porque vivir es algo que se hace hacia delante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. Por eso decía Renán que una nación es un plebiscito cotidiano...». Un delicado sistema que se puede vulnerar con facilidad y, sin embargo, se recupera con esfuerzo, porque es más fácil deshacer que construir, mandar callar que dejar hablar, sembrar demagogia que defender principios, romper las urnas que arriesgarse a perder. En el tira y afloja del plebiscito continuo de una sociedad democrática, las tentaciones totalitarias son endémicas y tratan de aprovechar cualquier resquicio para brotar, sembrando discordias e inoculando el virus del odio al contrario. El único antídoto eficaz contra este virus es el antibiótico de la libertad, que es una fórmula magistral que sólo se consigue en laboratorios políticos de contrastada solvencia.Cuando la libertad hace daño una de las formas más expeditivas es agredir a las urnas. En primer lugar se impide que la gente vote o que acuda con la papeleta marcada y después se le niega el derecho a discrepar. El tercer acto presenta una sociedad amedrentada por el clan político-mafioso instalado. No hay que irse lejos para encontrar un lugar en donde los ciudadanos viven en ese tercer estado. En este territorio, las urnas no se han roto todavía, porque la coacción del terrorismo se ha metido por los huesos de cada individuo y aunque el voto es libre y secreto, el temblor de las manos delata a los discrepantes. La gente de ese país vota miedo.La guerra de Irak es también nuestra guerra. La metralla de las bombas entra por las pantallas de la televisión y la sociedad se manifiesta contra esa tragedia, en clamorosas protestas de solidaridad con los más débiles. En este ambiente de legítima rebeldía, se activa el virus de los extremistas que jalean el no a la guerra y sí al jamón , que no es un reclamo publicitario sino la hazaña de un gamberro enarbolando un jamón, como botín de un saqueo pacifista, en señal de triunfo del vandalismo sobre la sociedad civilizada. La guerra ha contagiado a estos fedayines que intentan imponer la dictadura del botellón. Este clima crispado, con brotes de violencia preocupantes, que los políticos, en fase electoral, han contribuido a fomentar, está degenerando día a día y se ha pasado de los insultos a las agresiones. El enemigo común de este movimiento es el Partido Popular, víctima de múltiples ataques personales e incluso atentados a bastantes de sus sedes. Uno de los más recientes episodios (en este caso no violento pero sí vergonzoso) ocurrió hace unos días cuando un grupo de actores y actrices de teatro, invitados por el presidente de la Comunidad de Madrid, Ruiz Gallardón, escenificaron un vodevil de intolerancia en nombre de un discutible pacifismo. Por casualidad, en la cartelera teatral madrileña se representan dos obras que se titulan La catarsis del tomatazo y otra muy significativa: Pero, ¿quién mató al teatro? ¿Tendrán alguna influencia subliminal en el estudiado mutis de los artistas ante las barbas de su anfitrión? Por cierto, este mismo elenco estará en Vigo dentro de poco... La democracia de la calle - texto de una pancarta en una manifestación pacifista- es un curioso -si no recordara tiempos dramáticos- eufemismo de una nueva versión de la dictadura del proletariado, afortunadamente anacrónica, porque, a pesar del ruido de los antisistema (otro eufemismo de gamberro), la sociedad, en general, aunque está preocupada por las consecuencias de esta guerra, rechaza sin paliativos a los agresivos pacifistas que utilizan el clima bélico como pretexto para sembrar minas de odio en nuestras calles. A menos de mes y medio para las elecciones, y ante esta situación preocupante, parece oportuno plantear un par de reflexiones en forma de preguntas: ¿Intentarán romper las urnas los falsos pacifistas del botellón, como hicieron sus antepasados fascistas? Y, lo más importante: ¿seremos todos responsablemente capaces de defender nuestra libertad en las urnas como defendemos el aire que respiramos?